Oculta razón
del doble sentimiento,
infame traición
que grita en cobardía:
"soy del amor la verdad"
"No vayas a creer lo que te cuentan del mundo (ni siquiera esto que te estoy contando) ya te dije que el mundo es incontable" - Benedetti
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martes, 20 de enero de 2009
jueves, 15 de enero de 2009
Muerte de noche
Muerte de noche...
óbito de luz que entró entre mis sábanas,
antítesis de sonrisa diurna
que cubre con su obscuro velo tu presencia.
Sudan mis músculos cansados,
desgastados y derrotados,
me prenden con pasiones desbordantes.
Cae el Dios vencido ante la noche,
abatido en combate sin final,
se arrodilla ante un enjambre de luceros,
constelaciones enteras de deseos y fantasías.
Un súbito calor consume el arrepentimiento,
y entierra todo aliento de reproche,
penetra rebelde en el fondo del olvido.
Mi cuerpo agoniza de placer,
vacío de amor y de dolor.
Un deseo de redención,
que brota del pasado atormentado,
un pasado calculado,
un pasado que ha acabado...
Cubro en sábanas los recuerdos efímeros del error cometido,
las caricias lejanas de una mano autómata,
y me desvisto de martirios y delirios.
Sueño con momentos de salvación,
en planetas de ilusiones sin amarguras.
Camino entre montañas de pasión,
que se pierden en horizontes de cordura.
Navego en ríos de cariño renovado,
sin una sola mancha de traición.
Descanso en jardines de alcatraces
entre deseos y fantasías recordadas.
Sueño con momentos de justicia,
arrebatos de belleza y libertad.
Siento esos ojos de ébano que me cautivan,
y brillan preciosos entre millones de promesas rotas,
diamantes negros de sentimientos malditos,
perlas perdidas en el corazón de la necrópolis,
me duermen en el estupor de la esperanza desechada.
Sueño con la utopía del cautiverio,
en el Valle de los Falsos Enamorados.
Sucumbo ante la seducción de Morgana,
entre placeres corporales y deslices carnales.
embelesado por la dulce impotencia,
del saberse eternamente olvidado.
Sueño con flores bañadas en oro,
que desprenden aromas de amores biológicos,
sexualidades descubiertas y comprendidas,
prendidas con cariño y ternura verdadera,
...ternura pura
...ternura que cura
Soy testigo onírico de la dulzura,
del amor apostado y perdido en estúpida locura.
Sueño con bellezas reveladas
insurrectas y rebeldes,
ríos de veleidades convertidas,
en verdaderas muestras de congruencia revolucionaria,
caminos de insurgencia sexual
que viven el sueño eterno de libertad,
libertad de amar
sueño de amar la verdad...
sólo un sueño...
Se descubre el velo de la obscuridad,
poco a poco va desapareciendo su sombra en el sopor.
La luz inquieta va robando trozos a la noche.
Reaparece en episodios el guerrero diurno,
el verdugo de la realidad,
me despierto
no hay flores, ni diamantes
no hay justicia, ni salvación
no hay utopías, ni bellezas,
no hay libertad de amar...
...pero estás tú.
óbito de luz que entró entre mis sábanas,
antítesis de sonrisa diurna
que cubre con su obscuro velo tu presencia.
Sudan mis músculos cansados,
desgastados y derrotados,
me prenden con pasiones desbordantes.
Cae el Dios vencido ante la noche,
abatido en combate sin final,
se arrodilla ante un enjambre de luceros,
constelaciones enteras de deseos y fantasías.
Un súbito calor consume el arrepentimiento,
y entierra todo aliento de reproche,
penetra rebelde en el fondo del olvido.
Mi cuerpo agoniza de placer,
vacío de amor y de dolor.
Un deseo de redención,
que brota del pasado atormentado,
un pasado calculado,
un pasado que ha acabado...
Cubro en sábanas los recuerdos efímeros del error cometido,
las caricias lejanas de una mano autómata,
y me desvisto de martirios y delirios.
Sueño con momentos de salvación,
en planetas de ilusiones sin amarguras.
Camino entre montañas de pasión,
que se pierden en horizontes de cordura.
Navego en ríos de cariño renovado,
sin una sola mancha de traición.
Descanso en jardines de alcatraces
entre deseos y fantasías recordadas.
Sueño con momentos de justicia,
arrebatos de belleza y libertad.
Siento esos ojos de ébano que me cautivan,
y brillan preciosos entre millones de promesas rotas,
diamantes negros de sentimientos malditos,
perlas perdidas en el corazón de la necrópolis,
me duermen en el estupor de la esperanza desechada.
Sueño con la utopía del cautiverio,
en el Valle de los Falsos Enamorados.
Sucumbo ante la seducción de Morgana,
entre placeres corporales y deslices carnales.
embelesado por la dulce impotencia,
del saberse eternamente olvidado.
Sueño con flores bañadas en oro,
que desprenden aromas de amores biológicos,
sexualidades descubiertas y comprendidas,
prendidas con cariño y ternura verdadera,
...ternura pura
...ternura que cura
Soy testigo onírico de la dulzura,
del amor apostado y perdido en estúpida locura.
Sueño con bellezas reveladas
insurrectas y rebeldes,
ríos de veleidades convertidas,
en verdaderas muestras de congruencia revolucionaria,
caminos de insurgencia sexual
que viven el sueño eterno de libertad,
libertad de amar
sueño de amar la verdad...
sólo un sueño...
Se descubre el velo de la obscuridad,
poco a poco va desapareciendo su sombra en el sopor.
La luz inquieta va robando trozos a la noche.
Reaparece en episodios el guerrero diurno,
el verdugo de la realidad,
me despierto
no hay flores, ni diamantes
no hay justicia, ni salvación
no hay utopías, ni bellezas,
no hay libertad de amar...
...pero estás tú.
Hoy no quiero verte
(ante la indiferencia por un genocidio)
Hoy no quiero verte...
Hoy no quiero tropezar con tus ojos,
ni sentir tus lágrimas que caen en el vacío,
No quiero ver más tu cuerpo entre el escombro de un baluarte
Hoy no quiero conocer tu rostro sin luz.
No quiero seguir escuchando tu nombre,
una y otra vez gritándome vergüenzas,
escupiendo impotencia
sangrando siglos...
¡Por piedad!
No quiero escucharte más...
Estoy harto de verte entre cámaras y reflectores,
jaulas eternas de cañones y mentiras...
Pasarelas de cristal y hierro,
que exhiben cuerpos manchados de ignominia,
entre momentos de comercialidades polimorfas.
Hoy me me da asco la sordidez de la razón
Me repugna la humanidad,
el sentimiento que violó la tumba de mi corazón
para gravar tu rostro en una memoria
de un color tan obscuro,
como la sangre de un cuerpo torturado.
Ya no puedo seguir mirándote.
No soporto tu prolongada agonía
No resisto la distancia,
el blanco de tu mano,
ignorado por los perros que te persiguen,
La revolución se hace con amor y con verdad,
pero también con coraje y dignidad
Hoy por eso dejaré de verte,
Y en acto de honor y rebelión,
tomaré un arma
para luchar a tu lado y no tener ya que mirarte....
Hoy no quiero verte...
Hoy no quiero tropezar con tus ojos,
ni sentir tus lágrimas que caen en el vacío,
No quiero ver más tu cuerpo entre el escombro de un baluarte
Hoy no quiero conocer tu rostro sin luz.
No quiero seguir escuchando tu nombre,
una y otra vez gritándome vergüenzas,
escupiendo impotencia
sangrando siglos...
¡Por piedad!
No quiero escucharte más...
Estoy harto de verte entre cámaras y reflectores,
jaulas eternas de cañones y mentiras...
Pasarelas de cristal y hierro,
que exhiben cuerpos manchados de ignominia,
entre momentos de comercialidades polimorfas.
Hoy me me da asco la sordidez de la razón
Me repugna la humanidad,
el sentimiento que violó la tumba de mi corazón
para gravar tu rostro en una memoria
de un color tan obscuro,
como la sangre de un cuerpo torturado.
Ya no puedo seguir mirándote.
No soporto tu prolongada agonía
No resisto la distancia,
el blanco de tu mano,
ignorado por los perros que te persiguen,
La revolución se hace con amor y con verdad,
pero también con coraje y dignidad
Hoy por eso dejaré de verte,
Y en acto de honor y rebelión,
tomaré un arma
para luchar a tu lado y no tener ya que mirarte....
martes, 6 de enero de 2009
Palestina... el genocidio permitido
Sábado veintisiete de diciembre... pasa del medio día. Suenan las campanas de las escuelas que anuncian el término de clases. Niños y niñas de todas las edades corren alegres por las calles como queriendo robarle una sonrisa a su momentánea libertad. Unos van de prisa, hambrientos a sus casas, quizá hoy haya algo más que lentejas esperándolos. Otros no tan ansiosos en llegar a sus hogares, se van juntando en los campos de fútbol, intercambian propuestas para la selección de los equipos. Una niña corre a esperar a su mejor amiga frente al parque, otra decide caminar por los cultivos mirando el azul del cielo. No lo puede encontrar... Docenas de aviones de guerra F16 y helicópteros Apache de manufactura estadounidense apagan la luz del sol. Las siniestras sombras del enjambre aéreo tiñen el cielo de un gris lúgubre. Una luz cegadora roba la vista de los curiosos. Comienza una cascada de estallidos... ¡La tierra retumba y grita de dolor! ¡Dos, tres, cinco diez, quince explosiones! ¡Doscientos treinta muertos, setecientos heridos! Cuerpos de niños, hombres y mujeres destrozados se esconden entre el humo negro y los escombros de los edificios. Las tropas israelíes movilizan seis mil quinientos reservistas. ¡Diez, quince, veinte, muchas más bombas! ¡Trescientos ochenta muertos, mil ochocientos heridos! El plomo endurecido cae sobre hospitales, templos, universidades, escuelas, habitaciones, comercios. Muere el universitario, el profesor, el carnicero, el policía, el funcionario, el zapatero, el carpintero, el artesano, la periodista, la secretaria, la esposa, la madre, la hija, el hijo, el hermano. Son terroristas... Es su culpa por vivir en una “zona militar cerrada”, por haber nacido en Palestina, por ser árabes. ¡Treinta, cincuenta, sesenta proyectiles! ¡Cuatrocientos ochenta muertos, dos mil doscientos heridos...! es miércoles, el mundo occidental celebra el año nuevo, cinco días de bombardeo y no se ha detenido la masacre...
El 9 de diciembre de 2008, tres semanas antes del ataque, el Secretario General de las Naciones Unidas declaraba por el 60 aniversario de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio: “La Convención fue la consecuencia directa del intento de exterminar a la población judía durante el Holocausto y desde entonces ha representado la aspiración de las Naciones Unidas de impedir que ese horror se vuelva a producir...”
¿Nunca te has preguntado por qué vale más la vida de un israelita que la de un palestino? ¿Nunca te has puesto a pensar por qué un pueblo que fue víctima de un genocidio, ahora tiene permiso internacional de masacrar y exterminar a otro, de repetir su Holocausto, pero intercambiando los papeles? ¿Por qué la “comunidad internacional” no hace nada por evitar el exterminio de los palestinos? ¿Por qué ya no aparece Palestina en los mapas? ¿Por qué tanta hipocresía...?
En 1882, los judíos sionistas comenzaron su proyecto de crear un Estado Judío, o “Gran Israel” en Palestina. Había que “desarabizarla y judaizarla”, es decir, sacar a los millones de árabes que habitaban este territorio por milenios. Los primeros asentamientos judíos en la región se llamaban “kibbutz” y eran financiados por poderosas organizaciones sionistas en Gran Bretaña y EEUU. En 1917, con la “Declaración de Balfour”, el banquero judío Lord Balfour, quien era entonces Ministro de Exteriores del Gobierno Británico, junto con los líderes sionistas Chaim Weizmann y el Barón de Rothschild, decidieron crear el “Hogar Nacional Judío” en Palestina. Para el imperialismo, la idea de un estado judío en Palestina era atractiva pues significaba tener una cabeza de playa en el codiciado medio oriente, rico en petróleo y estratégico para el dominio geopolítico. Es por esto que desde un inicio, Inglaterra y Estados Unidos apoyaron incondicionalmente el proyecto sionista. En 1920, concluida la Primera Guerra Mundial, Inglaterra impuso el “mandato británico” en los territorios palestinos. Los palestinos se opusieron y resistieron heroicamente, pero los británicos impusieron su dominio por la fuerza y a través de masacres y represiones masivas contra la población árabe, comenzaron una fuerte campaña de traslado de judíos a territorio palestino. En 1940, antes del citado holocausto judío, Joseph Weitz, director del Fondo Nacional Agrario judío, declaraba: “no debemos dejar una sola aldea, ni una sola tribu...” refiriéndose a la limpieza étnica de árabes en Palestina.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los sionistas hicieron del Holocausto un fantasma para consolidar su proyecto de apropiarse a Palestina. Construyéndose una imagen de víctimas, reclamaron al mundo compensaciones materiales, económicas y morales, por lo que el 29 de noviembre de 1947, Inglaterra, con el auspicio de la ONU partió a Palestina en dos estados, uno judío al que le asignó 55% de la tierra y otro árabe con el 45% restante. Jerusalén quedó internacionalizada bajo control de la ONU. Cabe mencionar que a pesar de los traslados masivos de judíos a Palestina, éstos seguían siendo minoría en ambos estados. El 14 de mayo de 1948, los británicos se retiraron de Palestina y los sionistas proclamaron el Estado de Israel. Ese mismo año, Israel desató una guerra de exterminio contra los árabes para obligarlos a salir de los territorios asignados por la ONU. Aldeas enteras, como la de Dayr Yasín, situadas entre Jerusalén y Belén, fueron masacradas y quemadas. Quedaban como testimonio los miles de cadáveres de ancianos, hombres, mujeres y niños. 200,000 palestinos fueron expulsados ese año de sus tierras. Al fin de esta guerra, Israel había conseguido conquistar el 78% de Palestina.
En junio de 1967, Israel lanzó nuevamente una guerra contra los árabes. Esta guerra se pretendió justificar como un “ataque preventivo” en contra del peligro árabe. La que se conocería como “Guerra de los Seis Días” terminó con la ocupación de los únicos territorios palestinos remanentes, la franja de Gaza y Cisjordania, que desde entonces se conocerían como los “territorios ocupados”. Ese mismo año, la ONU exigió a Israel, en su resolución 242, que se retirara de los territorios ocupados, pero el Estado sionista no hizo caso. Fue hasta 1994 que la ONU reconoció en los “Acuerdos de Oslo” a la Autoridad Nacional Palestina y su derecho a controlar 22% de los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania; esto quiere decir, sólo el 5% del territorio palestino original. Desde entonces, el Estado artificial de Israel ha violado el derecho internacional incursionando constantemente en los territorios bajo autoridad palestina, cercándolos, imponiendo controles militares, prohibiendo la entrada de provisiones, y realizando asesinatos masivos y selectivos, así como un permanente acoso militar a la población civil.
Es la víspera de año nuevo, el mundo permanece indiferente a la masacre de palestinos. Algunos activistas que todavía se preocupan por la humanidad organizan protestas en embajadas israelíes en diversos países. Un grupo de quince médicos y abogados de once países salen en misión humanitaria del puerto de Chipre, en un bote con destino a Palestina. El navío, bautizado con el nombre de “Dignity” (dignidad), va cargado de medicinas y alimentos para el pueblo palestino. Es de madrugada. Aún están en aguas internacionales. Todavía no se alcanza a ver la luz del día pero los tripulantes distinguen un escuadrón de naves de guerra de la marina israelí, que se acerca amenazante al Dignity. En un instante quedan rodeados por barcos de guerra israelíes. ¡Venimos en misión humanitaria! ¡Sólo traemos medicinas y alimentos para la población civil! Sin más, los marinos israelíes abren fuego. Exigen que regresen a Chipre. El Dignity no tiene combustible suficiente para regresar. Ya son las 6:45am. Continúan los disparos. Los aterrorizados tripulantes de la nave humanitaria pierden contacto por radio con tierra firme... ¡Sesenta, ochenta, cien bombas! Llueve fuego en Gaza. Cuatrocientos cincuenta muertos... ya no se pueden contar los heridos. Israel cierra la zona y prohíbe la entrada de alimentos, medicinas y periodistas a la franja de Gaza. No se puede encontrar una sonrisa entre el millón y medio de rostros que habitan la franja. Hosni Mubarak, el desafortunado presidente egipcio, ordena sellar la frontera con Gaza para no permitir el paso de refugiados palestinos. Mientras tanto, Ofer Shmerling, funcionario de la defensa civil de Israel en el área de Sderot, adyacente a Gaza, declara en Al Jazeera: “Tocaré música y celebraré lo que está haciendo la Fuerza Aérea de Israel”.
Israel es el principal beneficiario de la ayuda militar estadounidense, y una de las potencias nucleares en el mundo. En Israel, es legal el uso de la tortura y la pena de muerte por sospecha. En lo que va del año 2000 al presente, han sido asesinados más de 5,000 palestinos por las fuerzas militares israelíes que entran a su antojo en los territorios palestinos, con la excusa del combate al terrorismo. Es obvio que para el imperialismo, todo aquel que no agache la cabeza y muera en silencio viendo cómo le arrebatan su tierra, es un terrorista. Estados Unidos, junto con Canadá y Alemania declararon su apoyo a Israel, y califican su acción militar como “defensiva”. Mientras tanto, la prensa norteamericana y europea hace eco de las declaraciones de Ehud Olmert, primer ministro israelí y Tzipi Livni, ministra del exterior, de que la actual campaña militar es un acto de represalia por los cohetes Qassam lanzados por palestinos, a partir de que expiró el 19 de diciembre la tregua de seis meses. Es importante aclarar que para los palestinos, este tipo de cohetes caseros de bajo impacto son una forma de contestar a la criminal ocupación israelí y a las masacres perpetradas en su contra. Sin embargo, la operación plomo endurecido que oficialmente fue aprobada el 24 de diciembre de 2008, comenzó a prepararse desde hace más de seis meses. Mientras Israel negociaba un acuerdo de alto al fuego con Hamas, las fuerzas militares israelíes ya estaban recabando información de inteligencia sobre bases permanentes, sitios de armas, campos de entrenamiento, y domicilios de líderes y funcionarios palestinos. La supuesta negociación sólo fue para Israel una forma de ganar tiempo. Una vez más, el estado sionista aplicó la estrategia del peligro fabricado con el cual ha pretendido justificar sus guerras anexionistas y de limpieza étnica. Para Israel, la única tregua aceptable sería que los palestinos se dejen colonizar unilateralmente, se dejen asesinar y humillar, acepten vivir en la miseria, en el exilio, una tregua en la cual los palestinos dejen de existir. Pero los sobrevivientes palestinos no claudican, se reorganizan y se integran a las milicias de resistencia
Es la primera semana de enero, diez días desde que inició la ofensiva, las tropas terrestres penetran en la franja de Gaza. Rafah está completamente destruida. Israel exige la total evacuación de la ciudad de Gaza. Quien se quede lo hace bajo su propio riesgo. Los tanques pasan por entre los trozos de carne humana y concreto. Del cielo caen panfletos exhortando a los palestinos a entregar a sus hermanos. Ignoran los israelíes que los palestinos ya no tienen hermanos a quien entregar. Están muertos entre los escombros, víctimas del holocausto... El mundo observa... y sigue observando nada más. ¿Hasta cuándo seguiremos observando nada más? ¿Hasta que ya no quede un solo palestino vivo?
Leer el artículo en Rebelión
El 9 de diciembre de 2008, tres semanas antes del ataque, el Secretario General de las Naciones Unidas declaraba por el 60 aniversario de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio: “La Convención fue la consecuencia directa del intento de exterminar a la población judía durante el Holocausto y desde entonces ha representado la aspiración de las Naciones Unidas de impedir que ese horror se vuelva a producir...”
¿Nunca te has preguntado por qué vale más la vida de un israelita que la de un palestino? ¿Nunca te has puesto a pensar por qué un pueblo que fue víctima de un genocidio, ahora tiene permiso internacional de masacrar y exterminar a otro, de repetir su Holocausto, pero intercambiando los papeles? ¿Por qué la “comunidad internacional” no hace nada por evitar el exterminio de los palestinos? ¿Por qué ya no aparece Palestina en los mapas? ¿Por qué tanta hipocresía...?
En 1882, los judíos sionistas comenzaron su proyecto de crear un Estado Judío, o “Gran Israel” en Palestina. Había que “desarabizarla y judaizarla”, es decir, sacar a los millones de árabes que habitaban este territorio por milenios. Los primeros asentamientos judíos en la región se llamaban “kibbutz” y eran financiados por poderosas organizaciones sionistas en Gran Bretaña y EEUU. En 1917, con la “Declaración de Balfour”, el banquero judío Lord Balfour, quien era entonces Ministro de Exteriores del Gobierno Británico, junto con los líderes sionistas Chaim Weizmann y el Barón de Rothschild, decidieron crear el “Hogar Nacional Judío” en Palestina. Para el imperialismo, la idea de un estado judío en Palestina era atractiva pues significaba tener una cabeza de playa en el codiciado medio oriente, rico en petróleo y estratégico para el dominio geopolítico. Es por esto que desde un inicio, Inglaterra y Estados Unidos apoyaron incondicionalmente el proyecto sionista. En 1920, concluida la Primera Guerra Mundial, Inglaterra impuso el “mandato británico” en los territorios palestinos. Los palestinos se opusieron y resistieron heroicamente, pero los británicos impusieron su dominio por la fuerza y a través de masacres y represiones masivas contra la población árabe, comenzaron una fuerte campaña de traslado de judíos a territorio palestino. En 1940, antes del citado holocausto judío, Joseph Weitz, director del Fondo Nacional Agrario judío, declaraba: “no debemos dejar una sola aldea, ni una sola tribu...” refiriéndose a la limpieza étnica de árabes en Palestina.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los sionistas hicieron del Holocausto un fantasma para consolidar su proyecto de apropiarse a Palestina. Construyéndose una imagen de víctimas, reclamaron al mundo compensaciones materiales, económicas y morales, por lo que el 29 de noviembre de 1947, Inglaterra, con el auspicio de la ONU partió a Palestina en dos estados, uno judío al que le asignó 55% de la tierra y otro árabe con el 45% restante. Jerusalén quedó internacionalizada bajo control de la ONU. Cabe mencionar que a pesar de los traslados masivos de judíos a Palestina, éstos seguían siendo minoría en ambos estados. El 14 de mayo de 1948, los británicos se retiraron de Palestina y los sionistas proclamaron el Estado de Israel. Ese mismo año, Israel desató una guerra de exterminio contra los árabes para obligarlos a salir de los territorios asignados por la ONU. Aldeas enteras, como la de Dayr Yasín, situadas entre Jerusalén y Belén, fueron masacradas y quemadas. Quedaban como testimonio los miles de cadáveres de ancianos, hombres, mujeres y niños. 200,000 palestinos fueron expulsados ese año de sus tierras. Al fin de esta guerra, Israel había conseguido conquistar el 78% de Palestina.
En junio de 1967, Israel lanzó nuevamente una guerra contra los árabes. Esta guerra se pretendió justificar como un “ataque preventivo” en contra del peligro árabe. La que se conocería como “Guerra de los Seis Días” terminó con la ocupación de los únicos territorios palestinos remanentes, la franja de Gaza y Cisjordania, que desde entonces se conocerían como los “territorios ocupados”. Ese mismo año, la ONU exigió a Israel, en su resolución 242, que se retirara de los territorios ocupados, pero el Estado sionista no hizo caso. Fue hasta 1994 que la ONU reconoció en los “Acuerdos de Oslo” a la Autoridad Nacional Palestina y su derecho a controlar 22% de los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania; esto quiere decir, sólo el 5% del territorio palestino original. Desde entonces, el Estado artificial de Israel ha violado el derecho internacional incursionando constantemente en los territorios bajo autoridad palestina, cercándolos, imponiendo controles militares, prohibiendo la entrada de provisiones, y realizando asesinatos masivos y selectivos, así como un permanente acoso militar a la población civil.
Es la víspera de año nuevo, el mundo permanece indiferente a la masacre de palestinos. Algunos activistas que todavía se preocupan por la humanidad organizan protestas en embajadas israelíes en diversos países. Un grupo de quince médicos y abogados de once países salen en misión humanitaria del puerto de Chipre, en un bote con destino a Palestina. El navío, bautizado con el nombre de “Dignity” (dignidad), va cargado de medicinas y alimentos para el pueblo palestino. Es de madrugada. Aún están en aguas internacionales. Todavía no se alcanza a ver la luz del día pero los tripulantes distinguen un escuadrón de naves de guerra de la marina israelí, que se acerca amenazante al Dignity. En un instante quedan rodeados por barcos de guerra israelíes. ¡Venimos en misión humanitaria! ¡Sólo traemos medicinas y alimentos para la población civil! Sin más, los marinos israelíes abren fuego. Exigen que regresen a Chipre. El Dignity no tiene combustible suficiente para regresar. Ya son las 6:45am. Continúan los disparos. Los aterrorizados tripulantes de la nave humanitaria pierden contacto por radio con tierra firme... ¡Sesenta, ochenta, cien bombas! Llueve fuego en Gaza. Cuatrocientos cincuenta muertos... ya no se pueden contar los heridos. Israel cierra la zona y prohíbe la entrada de alimentos, medicinas y periodistas a la franja de Gaza. No se puede encontrar una sonrisa entre el millón y medio de rostros que habitan la franja. Hosni Mubarak, el desafortunado presidente egipcio, ordena sellar la frontera con Gaza para no permitir el paso de refugiados palestinos. Mientras tanto, Ofer Shmerling, funcionario de la defensa civil de Israel en el área de Sderot, adyacente a Gaza, declara en Al Jazeera: “Tocaré música y celebraré lo que está haciendo la Fuerza Aérea de Israel”.
Israel es el principal beneficiario de la ayuda militar estadounidense, y una de las potencias nucleares en el mundo. En Israel, es legal el uso de la tortura y la pena de muerte por sospecha. En lo que va del año 2000 al presente, han sido asesinados más de 5,000 palestinos por las fuerzas militares israelíes que entran a su antojo en los territorios palestinos, con la excusa del combate al terrorismo. Es obvio que para el imperialismo, todo aquel que no agache la cabeza y muera en silencio viendo cómo le arrebatan su tierra, es un terrorista. Estados Unidos, junto con Canadá y Alemania declararon su apoyo a Israel, y califican su acción militar como “defensiva”. Mientras tanto, la prensa norteamericana y europea hace eco de las declaraciones de Ehud Olmert, primer ministro israelí y Tzipi Livni, ministra del exterior, de que la actual campaña militar es un acto de represalia por los cohetes Qassam lanzados por palestinos, a partir de que expiró el 19 de diciembre la tregua de seis meses. Es importante aclarar que para los palestinos, este tipo de cohetes caseros de bajo impacto son una forma de contestar a la criminal ocupación israelí y a las masacres perpetradas en su contra. Sin embargo, la operación plomo endurecido que oficialmente fue aprobada el 24 de diciembre de 2008, comenzó a prepararse desde hace más de seis meses. Mientras Israel negociaba un acuerdo de alto al fuego con Hamas, las fuerzas militares israelíes ya estaban recabando información de inteligencia sobre bases permanentes, sitios de armas, campos de entrenamiento, y domicilios de líderes y funcionarios palestinos. La supuesta negociación sólo fue para Israel una forma de ganar tiempo. Una vez más, el estado sionista aplicó la estrategia del peligro fabricado con el cual ha pretendido justificar sus guerras anexionistas y de limpieza étnica. Para Israel, la única tregua aceptable sería que los palestinos se dejen colonizar unilateralmente, se dejen asesinar y humillar, acepten vivir en la miseria, en el exilio, una tregua en la cual los palestinos dejen de existir. Pero los sobrevivientes palestinos no claudican, se reorganizan y se integran a las milicias de resistencia
Es la primera semana de enero, diez días desde que inició la ofensiva, las tropas terrestres penetran en la franja de Gaza. Rafah está completamente destruida. Israel exige la total evacuación de la ciudad de Gaza. Quien se quede lo hace bajo su propio riesgo. Los tanques pasan por entre los trozos de carne humana y concreto. Del cielo caen panfletos exhortando a los palestinos a entregar a sus hermanos. Ignoran los israelíes que los palestinos ya no tienen hermanos a quien entregar. Están muertos entre los escombros, víctimas del holocausto... El mundo observa... y sigue observando nada más. ¿Hasta cuándo seguiremos observando nada más? ¿Hasta que ya no quede un solo palestino vivo?
Leer el artículo en Rebelión
martes, 30 de diciembre de 2008
El misterio
¿Sabes? Hoy finalmente pude comprender un misterio que venía echando raíces en mi pensamiento desde hace muchos años; un misterio que me había acompañado desde los más antiguos y obscuros recuerdos; uno que existía aun desde antes de que la palabra “misterio” apareciera en cualquiera de nuestros idiomas; uno que había estado ahí desde que yo era tan sólo uno de esos monos primitivos que comenzaban a descubrirse inteligentes, que experimentaban con sus cuerpos de verticalidad incipiente, y comenzaban a abstraerse de lo natural. Seguramente te preguntarás qué misterio tan viejo es ese que ha estado ahí desde antes de que yo supiera siquiera que yo era yo. Efectivamente, es un misterio viejo que precede a la realidad misma, y uno que hasta ahora nadie ha logrado comprender. Aunque te pueda sonar exagerado y pienses que sólo estoy alardeando, ninguno de mis tantos cerebros, que tengo y que he tenido aunque ahora ya no tenga, han logrado descifrar este misterio. Si nadie lo ha podido comprender, me dirás, ¿cómo y por qué es que yo estoy tan seguro de que ya lo he comprendido? ¿Quién soy yo para pensar que puedo aventajar millones de razonamientos lógicos, de cálculos matemáticos, de hipótesis científicas, de filosofías experimentales y especulativas, contemplativas y prácticas? ¿Quién soy yo para decir que tengo por segura la compresión de un conocimiento que ni el conocimiento mismo puede descifrar? ¿Y cómo puedo saber que esa comprensión es verdadera? Después de todo, ¿quién me asegura que uno de mis tantos cerebros no me haya simplemente jugado una broma y sólo esté, como ha sido habitual, reificando lo especulativo, deificando lo mundano, tomando por cierto lo meramente imaginario?
Pues bien, permíteme decirte que no hace falta tener esta seguridad. No hace falta saber quién soy para saber que he descubierto el misterio. Y aunque suene imposible, tampoco hace falta pensar. Sí... escuchaste bien. No hacía falta pensar para poder entrar en el terreno de lo antes incomprensible para mí. De hecho, fue precisamente este camino del no pensar el que permitió que yo accediera a ello. Debes saber además que una vez dentro del entendimiento, tampoco hace falta ya la seguridad. ¿Y por qué no hace falta la seguridad? te preguntas. Es sencillo, porque la seguridad presupone una incertidumbre. La seguridad surge de la falta de sí misma. Cuando buscamos verdades o certezas, lo hacemos precisamente porque carecemos de ellas; cuando buscamos nuestra propia afirmación es porque no hemos logrado simplemente 'ser'; cuando buscamos seguridad, es precisamente por nuestra inseguridad. Entonces, una vez que has entrado en la comprensión, no necesitas más de estas reacciones a la incertidumbre. Una vez que has comprendido, no necesitas más buscar verdades. La comprensión misma es la realidad. La comprensión es la seguridad de que no hace falta la seguridad.
¿Te das cuenta entonces de que la verdad siempre está en donde nunca la hemos buscado? Sí, ahí en ese lugar en donde nunca llega la mirada; en la esquina incierta de un recinto lleno de discursos pomposos y poesías fatuas; en los silencios que dejan al hablar un par de sabios que departen momentos de claridad. Así es. La verdad sin duda está en el tiempo que pasa entre una promesa y otra. Quizá sea mejor darte un ejemplo. Alguna vez te dije que si estabas conmigo no te iba a suceder ningún daño... ¿lo recuerdas? Quizá no, pues todavía no entrabas en el sueño entonces. De cualquier forma, nunca te dije por qué no podrías temer si me llevaras contigo. Pues bien, ahora te lo digo. Yo tengo la suerte de ser muy grande y vivir en muchos lados. Vivo en diversos corazones. No en todos, eso es seguro. Si viviera en todos los corazones, entonces no habría sufrimiento. Sin embargo, no son pocos los que me albergan. Como son tantos los que me tienen por compañero, entonces son también muchos los que me protegen. Sí, son muchos los que me alertan del peligro, me orientan en momentos de desesperanza, me esconden de los que me odian o simplemente me apartan de los que no me aman. Porque debo decirte que también hay muchos que me quisieran ver derrotado.
Pero esto no tiene nada de especial, podrás pensar. Tantos señores con poder tienen ejércitos que los rodean, hombres armados de diferentes formas que matarían por proteger a su amo, a su dueño, y aun así, el mundo está lleno de poderosos que mueren infelices. Entonces, ¿cómo es que yo, sin ser siquiera un poderoso, estoy tan seguro de que los que me protegen pueden sin duda evitar que algo malo me suceda? El hecho es simple. No hay un solo momento o un solo espacio en el que no me puedan proteger. No hay un solo mal del que no me puedan resguardar. Así es, tanto me protegen de un daño físico, como de uno moral, o incluso sentimental. Lo mismo me resguardan de una soledad que de una falsa compañía. Te puedo asegurar que no estoy sobredimensionando su protección. ¿Sabes por qué esto es así? Porque quienes me protegen no son como tú o como yo. Quienes me han protegido desde siempre son exactamente treinta y tres ideas... el espíritu de las ideas.
¡Espíritus! ¡Ideas! ¿Qué tontería, no? ¿Cómo puedo creer yo en espíritus ideales? ¿Cómo es que yo siendo tan viejo y con toda mi experiencia te puedo hablar a ti de espíritus? Pues bien, antes de que digas algo, déjame aclararte que yo no creo en espíritus. Así es. No comprometería nunca el materialismo emancipante que ha formado parte de mi historia, de mi desarrollo. No, yo no creo en los espíritus. Te puedo asegurar que el idealismo es una de las mayores mentiras jamás dichas, una mentira utilizada por aquellos que me han perdido para sojuzgar a tantos otros que pueden o no ser mis compañeros. Sin embargo, sí me protegen las ideas... y su espíritu. Sí, tal y como lo estás escuchando, me protege aquello en lo que no creo, aquello cuya existencia material pongo en cuestión, aquello que por tanto tiempo he abstraído de la categoría de realidad.
Es aquí donde volvemos al punto de la realidad. Te voy a explicar cómo es que me pueden proteger quienes no son reales sin que por ello comprometa la materialidad de su existencia. Pues bien, quizá no te hayas percatado todavía, pero la realidad sólo existe en sus efectos prácticos. La realidad natural, ontológica, esencial, verdadera, sólo puede existir en su impacto en los que la percibimos. Por ejemplo, ¿cómo sabes que existe una montaña? Sólo porque te obstruye la visión del horizonte, porque puedes pararte en ella o caminarla, recorrer sus bosques, sus accidentados campos, percibir el aroma de sus flores, escuchar el canto de sus pájaros, el aullido de sus coyotes, el azadón de los indios que en ella producen sus tierras. Sólo así puedes creer que existe una montaña. Sin embargo, esto de ninguna manera te da la certidumbre de que la montaña está en verdad ahí.
¿Cómo? ¿Un retorno al idealismo? ¿Un resbaloso discurso posmoderno? Quizá pudieras pensar que a esto se ha reducido mi anunciada comprensión. Quizá estés pensando que en verdad me contradigo y en los hechos estoy destruyendo aquello que pretendo defender. Pues bien, si así pensaras, será porque has olvidado ya o no te has percatado de que comencé diciéndote que para llegar a la verdad, primero habría que deshacerse de toda forma de seguridad, de todo tipo de certeza. Pues es precisamente por esto que la incertidumbre de la verdad de la montaña ya no es relevante para saber de su existencia, porque su existencia es tal, sólo en tanto que es práctica. Así es, si la realidad es o no es, se vuelve totalmente irrelevante cuando en los hechos prácticos ésta tiene un impacto. ¿De qué nos sirve disertar sobre la seguridad de la existencia de la realidad, si en los hechos prácticos, todos vivimos en ella, todos somos parte de ella? La realidad se vuelve irrelevante si no es una realidad práctica, y cuando es una realidad práctica, entonces no importa si es ontológica.
¿Te das cuenta cómo es que no importa si existen o no los espíritus? El hecho es que en sus efectos prácticos, yo soy protegido. Y soy protegido porque si no fuera así, todo el mundo hubiera ya perecido. Simplemente, tengo que ser protegido, y ellos lo hacen, aunque no puedan existir. También podrás ahora comprender por qué comencé diciendo que el misterio que ahora puedo entender precede a la realidad misma. Pues es precisamente porque la realidad, como habrás ya deducido, es cosa de los humanos. Es porque la realidad es construida por los hombres y mujeres que al vivir sometidos a sus efectos prácticos la vuelven irrelevante. Así, si la realidad es humana y el misterio está desde antes de que tú fueras tú, y aun de que yo fuera yo, entonces el misterio ha sido antes que la realidad.
¿Has visto cómo la espiritualidad es algo mucho más profundo que un simple ritual de monos pensantes? ¿Has podido entender ya que la espiritualidad sólo puede ser parte de mí en tanto que se aleje de idealismos lúdicos y comportamientos revestidos de misticismos rebuscados? En efecto, la verdad práctica de la espiritualidad es la verdad misma. ¿Puedes ahora ver cómo es que la verdad está siempre en donde no la buscamos? Siempre la buscamos en la certeza, pero nunca en la incertidumbre. Siempre la buscamos en la realidad y no en sus efectos.
Si has logrado escucharme hasta ahora, entonces no podrás ya dudar de que puedo comprender el misterio. No te quedará la tentación de cuestionar la verdad de mi entendimiento, porque sabes que entre más quieras tener la seguridad de que es verdad lo que digo, más te alejarás de la comprensión del misterio. De hecho, sin dudar de la verdad, no querrás seguir buscándola en lo que siempre ha sido cierto.
Pero déjame ahora que te diga qué es la verdad. Permíteme llevar tu mirada a la sustancia de lo verdadero. Ya te imaginarás la importancia que reviste esta sabiduría. Sí, tantas veces hemos abusado de la 'verdad'. Tantas veces hemos peleado, hemos hecho daño y hemos declarado guerras por la verdad, pero ni siquiera nos hemos detenido antes a comprender esa verdad. Y no te hablo de las tantas verdades que hemos siempre construido; no, yo te hablo de la Verdad, de esa verdad que presupone toda forma de realidad. Has de saber que la verdad es la única esencia de todos los que alguna vez hemos sentido. Sí, así es, de los que tenemos algo más que un pensamiento, porque la verdad, aunque te parezca un sinsentido, no está hecha de pensamientos, no resulta del razonamiento, no es materia de conocimiento. No, la verdad es materia del sentimiento... La esencia material de la verdad es el amor. En verdad, el amor ahora te lo digo, es la única realidad. El amor es la verdad. Sólo cuando puedas sentir el amor, podrás entonces estar en la verdad.
Sin embargo, debes tener cuidado con esta comprensión. Es cierto que el amor es verdad y por lo tanto la verdad es amor. Pero así como la verdad se ha deformado en nuestros pensamientos, así también el amor se ha deformado en nuestros sentimientos. Así es. Se ha abusado tantas veces de un amor bastardo, un amor vacío, estéril, artificial, burgués, farsante. Se ha pretendido hacer pasar por amor al interés, al deseo, a la vanidad y al egoísmo. El amor se ha revestido de una individualidad totalizante, negando así su propia esencia. El amor no puede ser individual. Presta ahora mucha atención pues el individuo es la antítesis del amor. El amor nunca lo vas a encontrar ahí. El amor, por el contrario, sólo me puede pertenecer a mí, que soy 'nosotros'. El amor es una realidad colectiva en tanto que tú eres tan sólo una pequeña parte de mí, y no podrías existir si no fueras esa pequeña parte de mí. ¿Te habías dado cuenta de que los humanos no podemos existir en aislamiento? No podemos negarnos colectivamente. El individuo en sí es tan sólo una metáfora, una alegoría que nos representa esa coincidencia de relaciones que forma nuestro carácter. Si no existiera yo, tú no podrías sentir.
¿Sabes cuál es la importancia del sentir? No vayas a creer que es algo menor, que es simplemente un accidente que acompaña a la vida. No, de ninguna manera. El sentir es precisamente lo que nos da vida. Es por esto que los sentimientos sólo se pueden vivir en el extremo, en su radicalidad, en su máxima posible expresión. Cuando en algún momento te sorprendas sintiendo, entonces siente de verdad, siente profundamente, siente con pasión... siente, no tengas miedo de sentir. Sí, es cierto, a veces puede ser muy doloroso. A veces quisiéramos sentir diferente, o cambiar de sentimiento cuando uno nos hace sufrir. A veces yo he llegado a desear que simplemente pudiéramos mudar de sentimientos como mudamos cotidianamente de ropas. ¿Te imaginas? Despertar un día en la mañana, sentir el frío, el ronronear de la lluvia de otoño, el gris continuo de la luz diurna, el olor a tierra mojada, y entonces poder simplemente decir, “hoy voy a vestir una playera de nostalgia.” Enseguida caminar por un parque, saludando a los árboles, platicándoles la vida, escuchando sus consejos, seguir caminando y ya en mi amada costa, saludar al mar, reflexionar con él; y después, ¿por qué no? Volar un rato. Dar un paseo en compañía de una paloma y un colibrí, (también con uno que otro zopilote, pues a veces los discriminamos por ser aves vernáculas). Así, llegada la noche, quitarse la nostalgia y ponerse una pijama de tranquilidad, para el siguiente día amanecer y frente al ropero escoger un sweater de alegría y optimismo, y acompañarlo con una ligera bufanda de picardía. Entonces confrontar al mundo. Reír a carcajadas de las trampas de la vida. Bromear, chistar, y alardear de mis defectos. Después en la tarde, acabado el almuerzo, quitarse el sweater y ponerse una playera de creatividad con unos pantalones de esperanza, para entonces pasar la tarde haciendo música, pintura y poesía. Al caer una vez más la noche, ponerse un rato la tristeza y la melancolía en un pequeño traje anacoreta. Luego salir al patio y dibujar constelaciones con las estrellas que levitan alrededor de la luna en cuarto menguante. Finalmente, al término de la semana, vestir un juego de empatía, con huaraches de coraje y un sombrero de rabia, para entonces no dejar pasar la indiferencia ante la miseria y el sufrimiento de quienes como yo, también habrán vestido trajes de dolor.
Pues sí, sería lindo poder vestir así los sentimientos ¿no? Entonces no habría uno que durara más de lo que nuestra dignidad pudiera soportar. ¿Pero cómo? ¿No te parece? ¿Crees que sería mejor simplemente no sentir? ¿Dices que si no tuviéramos que sentir, entonces no podríamos nunca sufrir? Pues quizá tengas razón en eso. ¿Pero has pensado seriamente en las implicaciones del no sentir? ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos la capacidad de sentir? Seríamos solamente máquinas pensantes. Nada podría diferenciarnos de las computadoras. Podríamos entonces matar, engañar, traicionar, robar, destruir, sin ningún tipo de restricción moral. Incluso si no tuviéramos la capacidad de enojarnos o de entristecernos, si no hubiéramos conocido el llanto, entonces cómo podríamos decir que vivimos. Los sentimientos son lo que nos motiva a vivir. Sin ellos yo no podría existir.
¿Comprendes la importancia del sentir? Es el material de que está hecha la vida. Sin embargo muchos charlatanes te han querido vender la idea del sin sentido, o más bien del falso sentir que no es más que una apología del no sentir. El mundo está lleno de gente falsa, de hombres y mujeres que escupen engaños en best sellers. No te dejes llevar por autores o autoras que te quieran imponer la individualidad como camino, que te hablen de fórmulas acabadas, que pretendan hacer pasar la justicia por simple venganza, la libertad por bestialidad. No olvides nunca que precisamente lo más natural y primitivo de los seres es su convivencia en sociedad.
¿Sabes? No te dije que los que me protegen tienen un punto débil. Sí, así es, sólo hay una forma en la que yo pudiera sufrir daño. Y ese daño sólo puede ser un daño mortal. No hay nada que yo pueda hacer para evitarlo. ¿Qué daño es ese tan terrible e irremediablemente ineludible? dirás ahora. Pues bien, ese daño, ese punto débil, es el engaño de amor. Por eso te pido ahora que nunca vayas a decir que amas cuando no amas, y principalmente, nunca pero nunca vayas a querer con engaños. Cuando me quieras engañar me habrás perdido. Entonces te habrás convertido en un animal, en un insecto kafkiano; en un animal que vive de instintos, que sólo puede existir para satisfacer sus necesidades más inmediatas. Te habrás convertido en la sombra de ese animal. En ese mismo momento me habrás matado también. Dejaré de existir en ti, y tú, habrás perdido para siempre la posibilidad de ser tú. Entonces no existirá más el amor... ¿Ves cómo es imposible obviar el misterio?
¿Cómo dices? ¿Que todavía no te he dicho cuál es el misterio? ¿Me preguntas que en qué consiste el misterio que finalmente he comprendido? ¿Pero qué... acaso aún no lo has entendido?
Pues bien, permíteme decirte que no hace falta tener esta seguridad. No hace falta saber quién soy para saber que he descubierto el misterio. Y aunque suene imposible, tampoco hace falta pensar. Sí... escuchaste bien. No hacía falta pensar para poder entrar en el terreno de lo antes incomprensible para mí. De hecho, fue precisamente este camino del no pensar el que permitió que yo accediera a ello. Debes saber además que una vez dentro del entendimiento, tampoco hace falta ya la seguridad. ¿Y por qué no hace falta la seguridad? te preguntas. Es sencillo, porque la seguridad presupone una incertidumbre. La seguridad surge de la falta de sí misma. Cuando buscamos verdades o certezas, lo hacemos precisamente porque carecemos de ellas; cuando buscamos nuestra propia afirmación es porque no hemos logrado simplemente 'ser'; cuando buscamos seguridad, es precisamente por nuestra inseguridad. Entonces, una vez que has entrado en la comprensión, no necesitas más de estas reacciones a la incertidumbre. Una vez que has comprendido, no necesitas más buscar verdades. La comprensión misma es la realidad. La comprensión es la seguridad de que no hace falta la seguridad.
¿Te das cuenta entonces de que la verdad siempre está en donde nunca la hemos buscado? Sí, ahí en ese lugar en donde nunca llega la mirada; en la esquina incierta de un recinto lleno de discursos pomposos y poesías fatuas; en los silencios que dejan al hablar un par de sabios que departen momentos de claridad. Así es. La verdad sin duda está en el tiempo que pasa entre una promesa y otra. Quizá sea mejor darte un ejemplo. Alguna vez te dije que si estabas conmigo no te iba a suceder ningún daño... ¿lo recuerdas? Quizá no, pues todavía no entrabas en el sueño entonces. De cualquier forma, nunca te dije por qué no podrías temer si me llevaras contigo. Pues bien, ahora te lo digo. Yo tengo la suerte de ser muy grande y vivir en muchos lados. Vivo en diversos corazones. No en todos, eso es seguro. Si viviera en todos los corazones, entonces no habría sufrimiento. Sin embargo, no son pocos los que me albergan. Como son tantos los que me tienen por compañero, entonces son también muchos los que me protegen. Sí, son muchos los que me alertan del peligro, me orientan en momentos de desesperanza, me esconden de los que me odian o simplemente me apartan de los que no me aman. Porque debo decirte que también hay muchos que me quisieran ver derrotado.
Pero esto no tiene nada de especial, podrás pensar. Tantos señores con poder tienen ejércitos que los rodean, hombres armados de diferentes formas que matarían por proteger a su amo, a su dueño, y aun así, el mundo está lleno de poderosos que mueren infelices. Entonces, ¿cómo es que yo, sin ser siquiera un poderoso, estoy tan seguro de que los que me protegen pueden sin duda evitar que algo malo me suceda? El hecho es simple. No hay un solo momento o un solo espacio en el que no me puedan proteger. No hay un solo mal del que no me puedan resguardar. Así es, tanto me protegen de un daño físico, como de uno moral, o incluso sentimental. Lo mismo me resguardan de una soledad que de una falsa compañía. Te puedo asegurar que no estoy sobredimensionando su protección. ¿Sabes por qué esto es así? Porque quienes me protegen no son como tú o como yo. Quienes me han protegido desde siempre son exactamente treinta y tres ideas... el espíritu de las ideas.
¡Espíritus! ¡Ideas! ¿Qué tontería, no? ¿Cómo puedo creer yo en espíritus ideales? ¿Cómo es que yo siendo tan viejo y con toda mi experiencia te puedo hablar a ti de espíritus? Pues bien, antes de que digas algo, déjame aclararte que yo no creo en espíritus. Así es. No comprometería nunca el materialismo emancipante que ha formado parte de mi historia, de mi desarrollo. No, yo no creo en los espíritus. Te puedo asegurar que el idealismo es una de las mayores mentiras jamás dichas, una mentira utilizada por aquellos que me han perdido para sojuzgar a tantos otros que pueden o no ser mis compañeros. Sin embargo, sí me protegen las ideas... y su espíritu. Sí, tal y como lo estás escuchando, me protege aquello en lo que no creo, aquello cuya existencia material pongo en cuestión, aquello que por tanto tiempo he abstraído de la categoría de realidad.
Es aquí donde volvemos al punto de la realidad. Te voy a explicar cómo es que me pueden proteger quienes no son reales sin que por ello comprometa la materialidad de su existencia. Pues bien, quizá no te hayas percatado todavía, pero la realidad sólo existe en sus efectos prácticos. La realidad natural, ontológica, esencial, verdadera, sólo puede existir en su impacto en los que la percibimos. Por ejemplo, ¿cómo sabes que existe una montaña? Sólo porque te obstruye la visión del horizonte, porque puedes pararte en ella o caminarla, recorrer sus bosques, sus accidentados campos, percibir el aroma de sus flores, escuchar el canto de sus pájaros, el aullido de sus coyotes, el azadón de los indios que en ella producen sus tierras. Sólo así puedes creer que existe una montaña. Sin embargo, esto de ninguna manera te da la certidumbre de que la montaña está en verdad ahí.
¿Cómo? ¿Un retorno al idealismo? ¿Un resbaloso discurso posmoderno? Quizá pudieras pensar que a esto se ha reducido mi anunciada comprensión. Quizá estés pensando que en verdad me contradigo y en los hechos estoy destruyendo aquello que pretendo defender. Pues bien, si así pensaras, será porque has olvidado ya o no te has percatado de que comencé diciéndote que para llegar a la verdad, primero habría que deshacerse de toda forma de seguridad, de todo tipo de certeza. Pues es precisamente por esto que la incertidumbre de la verdad de la montaña ya no es relevante para saber de su existencia, porque su existencia es tal, sólo en tanto que es práctica. Así es, si la realidad es o no es, se vuelve totalmente irrelevante cuando en los hechos prácticos ésta tiene un impacto. ¿De qué nos sirve disertar sobre la seguridad de la existencia de la realidad, si en los hechos prácticos, todos vivimos en ella, todos somos parte de ella? La realidad se vuelve irrelevante si no es una realidad práctica, y cuando es una realidad práctica, entonces no importa si es ontológica.
¿Te das cuenta cómo es que no importa si existen o no los espíritus? El hecho es que en sus efectos prácticos, yo soy protegido. Y soy protegido porque si no fuera así, todo el mundo hubiera ya perecido. Simplemente, tengo que ser protegido, y ellos lo hacen, aunque no puedan existir. También podrás ahora comprender por qué comencé diciendo que el misterio que ahora puedo entender precede a la realidad misma. Pues es precisamente porque la realidad, como habrás ya deducido, es cosa de los humanos. Es porque la realidad es construida por los hombres y mujeres que al vivir sometidos a sus efectos prácticos la vuelven irrelevante. Así, si la realidad es humana y el misterio está desde antes de que tú fueras tú, y aun de que yo fuera yo, entonces el misterio ha sido antes que la realidad.
¿Has visto cómo la espiritualidad es algo mucho más profundo que un simple ritual de monos pensantes? ¿Has podido entender ya que la espiritualidad sólo puede ser parte de mí en tanto que se aleje de idealismos lúdicos y comportamientos revestidos de misticismos rebuscados? En efecto, la verdad práctica de la espiritualidad es la verdad misma. ¿Puedes ahora ver cómo es que la verdad está siempre en donde no la buscamos? Siempre la buscamos en la certeza, pero nunca en la incertidumbre. Siempre la buscamos en la realidad y no en sus efectos.
Si has logrado escucharme hasta ahora, entonces no podrás ya dudar de que puedo comprender el misterio. No te quedará la tentación de cuestionar la verdad de mi entendimiento, porque sabes que entre más quieras tener la seguridad de que es verdad lo que digo, más te alejarás de la comprensión del misterio. De hecho, sin dudar de la verdad, no querrás seguir buscándola en lo que siempre ha sido cierto.
Pero déjame ahora que te diga qué es la verdad. Permíteme llevar tu mirada a la sustancia de lo verdadero. Ya te imaginarás la importancia que reviste esta sabiduría. Sí, tantas veces hemos abusado de la 'verdad'. Tantas veces hemos peleado, hemos hecho daño y hemos declarado guerras por la verdad, pero ni siquiera nos hemos detenido antes a comprender esa verdad. Y no te hablo de las tantas verdades que hemos siempre construido; no, yo te hablo de la Verdad, de esa verdad que presupone toda forma de realidad. Has de saber que la verdad es la única esencia de todos los que alguna vez hemos sentido. Sí, así es, de los que tenemos algo más que un pensamiento, porque la verdad, aunque te parezca un sinsentido, no está hecha de pensamientos, no resulta del razonamiento, no es materia de conocimiento. No, la verdad es materia del sentimiento... La esencia material de la verdad es el amor. En verdad, el amor ahora te lo digo, es la única realidad. El amor es la verdad. Sólo cuando puedas sentir el amor, podrás entonces estar en la verdad.
Sin embargo, debes tener cuidado con esta comprensión. Es cierto que el amor es verdad y por lo tanto la verdad es amor. Pero así como la verdad se ha deformado en nuestros pensamientos, así también el amor se ha deformado en nuestros sentimientos. Así es. Se ha abusado tantas veces de un amor bastardo, un amor vacío, estéril, artificial, burgués, farsante. Se ha pretendido hacer pasar por amor al interés, al deseo, a la vanidad y al egoísmo. El amor se ha revestido de una individualidad totalizante, negando así su propia esencia. El amor no puede ser individual. Presta ahora mucha atención pues el individuo es la antítesis del amor. El amor nunca lo vas a encontrar ahí. El amor, por el contrario, sólo me puede pertenecer a mí, que soy 'nosotros'. El amor es una realidad colectiva en tanto que tú eres tan sólo una pequeña parte de mí, y no podrías existir si no fueras esa pequeña parte de mí. ¿Te habías dado cuenta de que los humanos no podemos existir en aislamiento? No podemos negarnos colectivamente. El individuo en sí es tan sólo una metáfora, una alegoría que nos representa esa coincidencia de relaciones que forma nuestro carácter. Si no existiera yo, tú no podrías sentir.
¿Sabes cuál es la importancia del sentir? No vayas a creer que es algo menor, que es simplemente un accidente que acompaña a la vida. No, de ninguna manera. El sentir es precisamente lo que nos da vida. Es por esto que los sentimientos sólo se pueden vivir en el extremo, en su radicalidad, en su máxima posible expresión. Cuando en algún momento te sorprendas sintiendo, entonces siente de verdad, siente profundamente, siente con pasión... siente, no tengas miedo de sentir. Sí, es cierto, a veces puede ser muy doloroso. A veces quisiéramos sentir diferente, o cambiar de sentimiento cuando uno nos hace sufrir. A veces yo he llegado a desear que simplemente pudiéramos mudar de sentimientos como mudamos cotidianamente de ropas. ¿Te imaginas? Despertar un día en la mañana, sentir el frío, el ronronear de la lluvia de otoño, el gris continuo de la luz diurna, el olor a tierra mojada, y entonces poder simplemente decir, “hoy voy a vestir una playera de nostalgia.” Enseguida caminar por un parque, saludando a los árboles, platicándoles la vida, escuchando sus consejos, seguir caminando y ya en mi amada costa, saludar al mar, reflexionar con él; y después, ¿por qué no? Volar un rato. Dar un paseo en compañía de una paloma y un colibrí, (también con uno que otro zopilote, pues a veces los discriminamos por ser aves vernáculas). Así, llegada la noche, quitarse la nostalgia y ponerse una pijama de tranquilidad, para el siguiente día amanecer y frente al ropero escoger un sweater de alegría y optimismo, y acompañarlo con una ligera bufanda de picardía. Entonces confrontar al mundo. Reír a carcajadas de las trampas de la vida. Bromear, chistar, y alardear de mis defectos. Después en la tarde, acabado el almuerzo, quitarse el sweater y ponerse una playera de creatividad con unos pantalones de esperanza, para entonces pasar la tarde haciendo música, pintura y poesía. Al caer una vez más la noche, ponerse un rato la tristeza y la melancolía en un pequeño traje anacoreta. Luego salir al patio y dibujar constelaciones con las estrellas que levitan alrededor de la luna en cuarto menguante. Finalmente, al término de la semana, vestir un juego de empatía, con huaraches de coraje y un sombrero de rabia, para entonces no dejar pasar la indiferencia ante la miseria y el sufrimiento de quienes como yo, también habrán vestido trajes de dolor.
Pues sí, sería lindo poder vestir así los sentimientos ¿no? Entonces no habría uno que durara más de lo que nuestra dignidad pudiera soportar. ¿Pero cómo? ¿No te parece? ¿Crees que sería mejor simplemente no sentir? ¿Dices que si no tuviéramos que sentir, entonces no podríamos nunca sufrir? Pues quizá tengas razón en eso. ¿Pero has pensado seriamente en las implicaciones del no sentir? ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos la capacidad de sentir? Seríamos solamente máquinas pensantes. Nada podría diferenciarnos de las computadoras. Podríamos entonces matar, engañar, traicionar, robar, destruir, sin ningún tipo de restricción moral. Incluso si no tuviéramos la capacidad de enojarnos o de entristecernos, si no hubiéramos conocido el llanto, entonces cómo podríamos decir que vivimos. Los sentimientos son lo que nos motiva a vivir. Sin ellos yo no podría existir.
¿Comprendes la importancia del sentir? Es el material de que está hecha la vida. Sin embargo muchos charlatanes te han querido vender la idea del sin sentido, o más bien del falso sentir que no es más que una apología del no sentir. El mundo está lleno de gente falsa, de hombres y mujeres que escupen engaños en best sellers. No te dejes llevar por autores o autoras que te quieran imponer la individualidad como camino, que te hablen de fórmulas acabadas, que pretendan hacer pasar la justicia por simple venganza, la libertad por bestialidad. No olvides nunca que precisamente lo más natural y primitivo de los seres es su convivencia en sociedad.
¿Sabes? No te dije que los que me protegen tienen un punto débil. Sí, así es, sólo hay una forma en la que yo pudiera sufrir daño. Y ese daño sólo puede ser un daño mortal. No hay nada que yo pueda hacer para evitarlo. ¿Qué daño es ese tan terrible e irremediablemente ineludible? dirás ahora. Pues bien, ese daño, ese punto débil, es el engaño de amor. Por eso te pido ahora que nunca vayas a decir que amas cuando no amas, y principalmente, nunca pero nunca vayas a querer con engaños. Cuando me quieras engañar me habrás perdido. Entonces te habrás convertido en un animal, en un insecto kafkiano; en un animal que vive de instintos, que sólo puede existir para satisfacer sus necesidades más inmediatas. Te habrás convertido en la sombra de ese animal. En ese mismo momento me habrás matado también. Dejaré de existir en ti, y tú, habrás perdido para siempre la posibilidad de ser tú. Entonces no existirá más el amor... ¿Ves cómo es imposible obviar el misterio?
¿Cómo dices? ¿Que todavía no te he dicho cuál es el misterio? ¿Me preguntas que en qué consiste el misterio que finalmente he comprendido? ¿Pero qué... acaso aún no lo has entendido?
sábado, 20 de diciembre de 2008
Apuntes para la participación popular
La lucha por la construcción del socialismo no es un proceso mecánico que se vaya a dar automáticamente, como por arte de magia , sino que presupone la acción colectiva consciente de una diversidad de sujetos sociales que, tomando conciencia de su papel como agentes de cambio, logren incidir en el desarrollo dialéctico de la historia. Nuestro socialismo sólo puede ser conquistado por medio de la acción del pueblo, en su más amplio sentido, lo que significa que, contrario a la práctica de grupos anquilosados en interpretaciones dogmáticas y mecánicas del marxismo, un grupo vanguardista de selectos revolucionarios no será suficiente para la construcción de esa sociedad post-capitalista; es el pueblo quien tiene que convertirse en partícipe activo de su liberación; es el pueblo consciente y organizado quien debe tomar las riendas de su propio destino. Es por eso que nuestra acción revolucionaria debe ir encaminada hacia la multiplicación del sujeto colectivo que es a la vez agente de cambio (sujeto-agente), por medio de la construcción de conciencia. A continuación presentamos algunas anotaciones que pretenden delinear una serie de principios para impulsar la participación del pueblo en la lucha por un nuevo orden social. (...Leer el texto completo)
viernes, 28 de noviembre de 2008
La Ideología según Althusser
(Exégesis)
Todo intento de exposición de la visión althusseriana de “ideología” requiere tomar como punto de partida el marco conceptual que nos da el marxismo para entender mejor el desarrollo de la historia. Según esta concepción, todas las sociedades humanas son el producto de la lucha de clases. Efectivamente, toda formación social histórica resulta de la relación dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Toda formación social, es esencialmente, un modo de producción. En otras palabras, para entender el funcionamiento de una sociedad en un momento histórico determinado, es necesario dirigir la mirada a la forma en que los seres humanos producen socialmente las condiciones de su existencia.
Ahora bien, toda formación social debe, al mismo tiempo que produce, reproducir las condiciones de su producción, es decir, debe asegurar la continuidad de la producción –y de la forma específica de esa producción– a través de las diferentes generaciones. Evidentemente, cuando nos referimos a la necesidad de reproducir las condiciones de producción, obviamos decir que son las clases dominantes quienes están más interesadas en mantener la continuidad del modo de producción. Son los capitalistas, por ejemplo, quienes están más interesados en mantener al capitalismo funcionando a través de las generaciones.
Reproducir las condiciones de producción implica, fundamentalmente, dos aspectos. 1) la reproducción de las fuerzas productivas, y 2) la reproducción de las relaciones de producción existentes. Veamos cada uno de ellos:
La reproducción de las fuerzas productivas
Cuando nos referimos a las fuerzas productivas, nos referimos a las condiciones materiales de la producción (los medios de producción) y a las no materiales, como la tecnología, la investigación científica, etc. Pero también nos referimos a la fuerza de trabajo.
Es evidente que para reproducir los medios de producción (las fábricas, las herramientas, las materias primas, etc.,) se necesitan más fábricas, más herramientas y más materias primas. En el análisis marxista, esto tiene que ver con la diferencia entre la producción de los medios de producción y la producción de los medios de consumo. Sin embargo, para esta exposición, bastará con mencionar que para que la producción pueda seguir en pie, se necesitan producir las herramientas y las máquinas que permiten esa producción, pero que a su vez, necesitan para su producción otras herramientas y otras máquinas, y así sucesivamente, hasta el infinito. De igual forma, para mantener la continuidad de la producción, se necesitan reproducir las condiciones no materiales de la producción, es necesario un esfuerzo constante por mantener las investigaciones tecnológicas, así como el avance de las ciencias, que son condición necesaria para la producción industrial.
Con relación a la fuerza de trabajo, el marxismo nos dice que su reproducción está asegurada en el salario. Es decir, para que una obrera o un obrero pueda venir al día siguiente a su puesto de trabajo, necesita reponer sus energías, necesita comer, necesita descansar, necesita recrearse. El salario que recibe, no es más que el valor suficiente para satisfacer estas necesidades que le permitirán regresar día con día a su puesto de trabajo. Bueno, no sólo esto. El salario también tiene que ser suficiente para reproducir la fuerza de trabajo generacionalmente. Esto significa que tiene que cubrir el mínimo para la manutención de la familia del obrero, y en particular para que éste pueda tener y criar a sus hijos, que son nada menos que los futuros obreros. Aquí habría que hacer un análisis de las condiciones actuales de la reproducción de la fuerza de trabajo, y quizá nos daríamos cuenta de que hoy los salarios, principalmente en el llamado “tercer mundo”, ya no son para la mayoría de la clase trabajadora, ni siquiera suficientes para cubrir estas necesidades básicas. Sin embargo, esto trasciende el presente trabajo.
Ahora bien, Althusser nos dice que esto no es suficiente para reproducir a la fuerza de trabajo. Es decir, que no es suficiente con reproducir materialmente a la fuerza de trabajo. Para reproducir la fuerza de trabajo, es necesario también reproducir 1) su calificación técnica y 2) su sumisión. El primer caso resulta obvio cuando reparamos en la tan compleja división del trabajo que caracteriza al capitalismo. No es suficiente con reproducir la fuerza física del obrero, sino que se necesita reproducir sus capacidades técnicas cada vez más especializadas. Esto se da, fundamentalmente fuera del lugar de trabajo, por ejemplo, en las escuelas técnicas, universidades, etc.
El segundo caso, quizá no resulte tan obvio. Cuando nos dice Althusser que es necesario reproducir la sumisión del obrero, nos está diciendo que se necesita que la clase obrera se someta ideológicamente a un esquema que sea funcional al sistema de producción. Por ejemplo, aún si un obrero tuviera resueltas sus condiciones de existencia física, y fuera calificado técnicamente, si éste no se sometiera a la disciplina de la fábrica, al orden social establecido, entonces no sería funcional para el sistema, y por lo mismo, no podría reproducirse el sistema. Si los obreros no tuvieran un grado de sometimiento ideológico, sino que se rebelaran, entonces, en términos económicos, no se cubriría la necesidad de una fuerza de trabajo, que es una condición necesaria para la producción de valor.
Resumiendo, nos damos cuenta de que para reproducir las fuerzas productivas, es necesario reponer constantemente los medios de producción (máquinas, herramientas, materias primas, etc.,) así como la investigación tecnológica y las ciencias, pero también es necesario reproducir a la fuerza de trabajo en dos aspectos, es decir, en términos del salario que permite reproducirse físicamente a la clase trabajadora, pero también en su calificación por medio de la formación técnica y profesional, y principalmente, en su sometimiento ideológico que permitirá al obrero adaptarse a su papel económico de simple fuerza de trabajo.
El Estado
Antes de examinar cómo se reproducen las relaciones de producción, Althusser nos presenta una visión del Estado que pretende llevar la teoría marxista del Estado más allá de lo descriptivo, e introduce las categorías necesarias para entender más a fondo la reproducción de las relaciones de producción.
El marxismo nos da una visión de la sociedad que podría dividirse fundamentalmente en dos niveles, la infraestructura (base económica) y la superestructura (el Estado jurídico-político y la ideología) –algunos marxistas presentan tres niveles, infraestructura, estructura, y superestructura, pero por lo pronto, bastará con esta concepción que es en la que se basa Althusser.
De acuerdo a la visión clásica, la infraestructura, que es la unidad de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, es la que determina en última instancia a la superestructura. Esto no quiere decir que ello implique una determinación mecánica, lo que negaría toda posibilidad de historia. Por el contrario, existe una “autonomía relativa” de la superestructura con respecto a la base, la cual está determinada por factores históricos, geográficos, etc. Así mismo, la infraestructura también es afectada en cierto nivel por la superestructura, es decir, existe una “reacción” de la superestructura sobre la base. Esto quiere decir que las formas particulares de Estado, o los sistemas jurídico-políticos y la ideología particular de una sociedad, también repercutirán en la composición económica de la sociedad. Por supuesto, la determinación primaria es al revés, pero esta no es absoluta.
Ahora bien, el Estado, que se ubica dentro de la superestructura, es fundamentalmente un Estado de clase –nos dice el marxismo– y su función principal es la de un aparato represivo. En otras palabras, el Estado es utilizado por la clase dominante –o la alianza de clases dominantes– para reprimir a las clases subalternas. Este aparato represivo de Estado se conforma por instituciones como la policía, los tribunales, los sistemas penitenciarios, el ejército, el gobierno, la burocracia, etc.
Sin embargo, Althusser nos previene de confundir entre el poder de Estado y el aparato de Estado. Este es un error muy común en la izquierda. El aparato de Estado son todas las instituciones por medio de las cuales se ejerce el poder de Estado. No obstante, puede haber un cambio en el poder de Estado sin que esto implique una modificación en el aparato de Estado. La lucha de clases, de acuerdo a la concepción marxista clásica, concierne al poder de Estado, es decir, es la disputa por ejercer el poder de Estado.
Hasta aquí, Althusser nos presenta la visión más o menos clásica del marxismo con respecto al Estado. Sin embargo, para él, ésta no es suficiente, o mejor dicho, esta visión implica otro aspecto que no está necesariamente explícito en la teoría clásica. Para Althusser no basta con distinguir entre poder de Estado y aparato de Estado, sino que se necesita identificar también “otra realidad que se manifiesta junto al aparato (represivo) de Estado, pero que no se confunde con él,”[1] es decir, “los aparatos ideológicos de Estado” (AIE). Estos son, por ejemplo, el aparato religioso, escolar, familiar, jurídico, político, sindical, de información, cultural, etc.
De esta forma, Althusser nos presenta un Estado cuya función no es únicamente la de reprimir, sino la de crear un sometimiento ideológico de las clases dominadas a las clases dominantes. La función de represión se lleva a cabo a través del aparato represivo de Estado que es, según Althusser, un aparato fundamentalmente unificado. Esto quiere decir que funciona a través de una estructura centralizada y más o menos coherente. Por ejemplo, si bien es cierto que existen diferentes instituciones represivas como las policías, el ejército, los tribunales, etc., todas estas instituciones funcionan dentro de un esquema de estructura orgánica de Estado, es decir, son parte de un aparato coherente de Estado. Esto quizá habría que analizarlo a la luz de la realidad actual, y evaluar qué tanto los aparatos de Estado actuales están unificados, pues si tomamos en cuenta las diferentes pugnas inter-burguesas, así como las contradicciones de los narco-estados y las pugnas dentro del aparato mismo, pudiera parecer que en realidad no está tan unificado el aparato (represivo) de Estado en la práctica. Esto se podría abordar en un análisis empírico de las actuales evoluciones del Estado, sin embargo, por ahora nos limitamos a la visión formal y jurídica del aparato de Estado, que sí tiene que tener forzosamente un grado de unificación, y que es la que Althusser contrapone a los aparatos ideológicos del Estado. Éstos, por su parte, son una pluralidad de aparatos y no constituyen un sólo aparato unificado. Por ejemplo la iglesia, formalmente, no tiene que ver con el aparato educativo (en un estado laico) o con los medios de comunicación, o con el sindical. Cada uno de estos AIE tiene una independencia. Es por esto que Althusser habla de los aparatos ideológicos y no del aparato ideológico.
Ahora bien, el hecho de que los aparatos ideológicos de estado sean una pluralidad, no significa que no haya un elemento de unidad en ellos, algo que les de coherencia, algo que los unifique. De hecho, para que estos aparatos ideológicos puedan llamarse de Estado necesitan una cierta unidad que sea compatible con la unidad del Estado. De otra forma, no podrían llamarse parte del aparato de Estado. Este elemento de unidad no es su constitución orgánica, ni sus vínculos estructurales, sino que es precisamente la ideología con la que funcionan. Esta ideología es lo que es común a todos los AIE. Cada uno de los AIE funciona bajo la lógica de una misma ideología, y esta ideología no es más que la ideología de las clases dominantes. Es por esto que podemos decir también que las clases dominantes ejercen el poder del Estado a través del control del aparato (represivo) de Estado, pero también, tienen el control (aunque no necesariamente directo o formal) de los aparatos ideológicos de Estado, en tanto que estos funcionan bajo la lógica de la ideología dominante.
En algún momento podría parecer que los AIE no son necesariamente parte del Estado, puesto que estos están fundamentalmente en el dominio privado, a diferencia del aparato represivo de Estado que es casi por definición parte del dominio público. Por ejemplo, las instituciones gubernamentales son públicas, mientras que la familia es por excelencia un dominio privado, lo mismo que con la cultura y la religión. Esto nos haría incluso cuestionar el hecho de llamar a los AIE aparatos de Estado. ¿Cómo puede ser la familia un aparato de Estado? ¿Cómo pueden ser los sindicatos parte del aparato de Estado? Dejando de lado las particularidades de un Estado corporativista como en el caso de México, podemos decir que los AIE son aparatos de Estado en tanto que el elemento unificador es precisamente la ideología de las clases dominantes que son las que ejercen el poder de Estado. Es por esto que Althusser los categoriza no sólo como aparatos de Estado, sino como aparatos ideológicos de Estado, que no implica un aparato formal y orgánicamente vinculado a la totalidad del Estado.
Con este razonamiento, podríamos incluso decir que ni el aparato represivo de Estado pertenece exclusivamente al dominio público, ni los AIE pertenecen al dominio privado. Nos dice Althusser que “la distinción entre lo público y lo privado es una distinción interna del derecho burgués, válida en los dominios (subordinados) donde el derecho burgués ejerce sus 'poderes.' No alcanza el dominio del Estado, pues éste está 'más allá' del Derecho.” Así pues, la represión del Estado se da tanto en el dominio público como en el privado. La represión del Estado se da a nivel social, gremial, comunal, pero también a nivel familiar, incluso individual. Baste con mencionar el caso de la criminalización del aborto o el trabajo sexual, para ejemplificar esta represión de Estado que va más allá del ámbito de lo público. Es quizá más evidente cómo los aparatos ideológicos de Estado penetran tanto a nivel privado como a nivel público. Si bien la educación y la religión, por ejemplo, tienen que ver con el desarrollo de las conciencias privadas, e individuales, también es cierto que éstas informan y condicionan las prácticas políticas.
Sin embargo, la diferencia fundamental entre los AIE y el aparato represivo de Estado, nos dice Althusser, está en que los AIE “funcionan masivamente con la ideología como forma predominante, pero utilizan secundariamente y en situaciones límite, una represión muy atenuada, disimulada, es decir, simbólica” mientras que el aparato represivo de Estado “funciona masivamente con la represión (incluso física), como forma predominante y sólo secundariamente con la ideología”. Esto quiere decir que tanto loas AIE como el aparato represivo de Estado funcionan con una combinación de ideología y represión, pero en los primeros predomina la ideología y en los segundos la represión. Así, vemos que la escuela es el principal punto en donde se reproduce la ideología, se reproducen las concepciones burguesas de propiedad privada, de moral, de disciplina, de civilismo, etc., pero también se utilizan hasta cierto grado medidas represivas, que fuerzan a los estudiantes a acatar una serie de normas, incluso físicas, como el permanecer en un salón por un periodo determinado de tiempo, llegar a una misma hora, etc. Lo mismo sucede con la familia, por ejemplo, en donde se reproduce la ideología, pero también se utilizan medidas represivas para castigar a los hijos o disciplinarlos mejor.
Podemos ver entonces que las clases dominantes ejercen el poder de Estado no sólo por disponer del aparato de Estado sino también en la medida en que participan de forma activa en la ideología dominante. Nos dice Althusser que “ninguna clase puede tener en sus manos el poder de Estado en forma duradera sin ejercer al mismo tiempo su hegemonía sobre y en los aparatos ideológicos de Estado”. Por lo mismo los AIE son no sólo objeto, sino tambien lugar de lucha de clases. Es decir, el objetivo de las luchas de clases no es únicamente tomar el poder de Estado controlando al aparato de Estado, sino también ejerciendo una fuerte influencia en la ideología. En efecto, la lucha de clases misma se libra en el ámbito de la ideología. Es decir, la lucha de clases se da también en el sistema educativo, en la cultura, en la familia, en la religión, en los medios de información, etc.
La reproducción de las relaciones de producción
Ahora regresemos al tema de la reproducción. Hasta ahora vimos la reproducción de las fuerzas productivas, y después de haber presentado el análisis althusseriano del Estado, podemos también exponer los mecanismos de reproducción de las relaciones de producción. Esto no es muy complicado, fundamentalmente, nos dice Althusser, la reproducción de las relaciones de producción está asegurada en parte por la superestructura (jurídico-política e ideológica), es decir por el ejercicio del poder del Estado a través de 1) el aparato represivo de Estado y 2) los aparatos ideológicos de Estado.
Los aparatos represivos de estado tienen como objetivo “asegurar por la fuerza (sea o no física) las condiciones políticas de reproducción de las relaciones de producción que son en última instancia relaciones de explotación”. Así, las policías se encargan de romper huelgas, de reprimir manifestaciones de disidencia, así como también de asegurar la propiedad privada y que se cumplan las normas y leyes alrededor de ésta. El ejército por su parte está encargado de exterminar todo brote de rebelión o insurgencia, así como cualquier amenaza al orden establecido, al sistema de explotación. Por su parte los tribunales, así como todo el aparato gubernamental están encargados también de hacer prevalecer el sistema político y jurídico que permite la acumulación del capital.
Los aparatos ideológicos de Estado, a su vez, tienen como objetivo mantener la armonía del Estado. Es decir, no sería suficiente con la función represiva del Estado para mantener las relaciones de producción, pues esto únicamente engendraría un mayor descontento y una creciente rebeldía que derivaría en un estado permanente de tensión y conflicto, que imposibilitaría la reproducción de las relaciones de producción. Por ello, los AIE se encargan de promover la ideología que sostiene en el poder a las clases dominantes. Por ejemplo, se encargan de que las clases trabajadoras tengan como objetivo único en la vida, el conseguir un buen trabajo, tener bienes de consumo, etc., así como de propagar el respeto a la propiedad privada, el sometimiento a las estructuras políticas, etc. Los AIE también se encargan de hacer una apoteosis del derecho y las leyes, de modo que las clases trabajadoras obedezcan casi religiosamente a las leyes, sin detenerse a cuestionar el origen mismo de clase de esas leyes.
En el periodo histórico precapitalista, el principal AIE era la iglesia, que ejercía también funciones educativas, y culturales, entre otras que tienen que ver con el sometimiento ideológico de las clases explotadas. Es precisamente contra este aparato ideológico de Estado que las revoluciones burguesas dirigieron sus ataques para poder imponer una nueva hegemonía ideológica. Nos dice Althusser que “la revolución francesa tuvo ante todo por objetivo y resultado no sólo trasladar el poder de Estado de la aristocracia feudal a la burguesía capitalista-comercial, romper parcialmente el antiguo aparato represivo de Estado y reemplazarlo por uno nuevo (el ejército nacional popular, por ejemplo), sino también atacar el aparato ideológico de Estado no. 1, la iglesia. De allí la constitución civil del clero, la confiscación de los bienes de la iglesia y la creación de nuevos aparatos ideológicos de Estado para reemplazar el aparato ideológico de Estado religioso en su rol dominante.” La iglesia entonces, fue reemplazada como AIE dominante por el aparato ideológico escolar. En el capitalismo, según Althusser, es el sistema escolar el que toma este papel dominante. “La pareja escuela-familia ha reemplazado a la pareja Iglesia-familia.” (Aquí cabría también analizar el papel creciente de los medios masivos de comunicación como aparatos ideológicos, pues quizá hoy sería más adecuado hablar de la triada escuela-familia-medios masivos de comunicación. Pero por ahora, limitémonos al terreno de lo exegético).
Evidentemente todos los AIE estan orientados hacia la reproducción de las relaciones de producción, es decir, a la continuidad del orden establecido. Por ejemplo, el aparato ideológico político propaga la ideología política, el democratismo, el parlamentarismo, para dar una imagen de inclusión política a las clases explotadas. El aparato cultural se encarga de crear esta idea de nacionalismo, chovinismo, moralismo, etc., universalizando la visión burguesa del mundo. Por ejemplo, las telenovelas más populares presentan las vicisitudes de las relaciones sociales burguesas, que contrastan diametralmente con la realidad material de la mayoría de las masas explotadas. El aparato ideológico de información (los medios masivos de comunicación, prensa escrita, radio, etc.,) se encarga de borrar del imaginario social todos los hechos que amenazan con subvertir el orden, así como de interpretar las noticias desde el punto de vista burgués. Crean la agenda de lo que es importante y lo que no, manufacturan la opinión pública. Los medios masivos de comunicación, por ejemplo, han logrado hacer creer a las masas explotadas que el tema de la “seguridad” y la lucha contra la “delincuencia organizada” es el tema más importante actualmente, cuando en realidad esto es sólo una manera de justificar ideológicamente el endurecimiento del aparato represivo de Estado, a la luz de la creciente rebelión popular.
En fin, todos los AIE tienen como último objetivo mantener y perpetuar las condiciones de explotación. Sin embargo, para Althusser, la escuela se ha convertido en el aparato ideológico de Estado predominante. Esto no es tan difícil de entender cuando reparamos en que es el único aparato que tiene una audiencia obligatoria, cinco o seis días a la semana durante casi ocho horas diarias. ¡Y esto durante los principales años formativos del ser humano! Normalmente comienza la educación escolar formal a los 5 o 6 años de edad.
La escuela enseña fundamentalmente dos cosas, 1) habilidades y 2) la ideología dominante en su estado puro. En el primer caso, las habilidades que se enseñan, como el idioma, el cálculo, las ciencias naturales, etc., también están permeadas por la ideología dominante, en el sentido de que el objetivo de estas habilidades es dar a los futuros obreros la capacidad de desempeñarse en sus puestos de trabajo. En el segundo caso, la ideología en su estado puro se enseña en las escuelas, a través de la enseñanza de la moral, la filosofía, la instrucción cívica, etc.
Ahora bien, esto es cierto, no solamente para los futuros obreros, sino para todos los miembros de la sociedad que tendrán un papel en las relaciones de producción, ya sea del lado de los explotados o de los explotadores. Veamos. Los futuros obreros, (que cada vez más son futuros obreros semidesocupados), adquieren en la escuela –además de las habilidades necesarias para su actividad productiva– la “conciencia profesional” el “nacionalismo” la conciencia “moral” y “cívica” y fundamentalmente la conciencia “apolítica”. Mientras que los futuros agentes de la explotación (capitalistas, empresarios) son entrenados en la escuela para mandar, para saber manejar las “relaciones humanas”, etc. Los agentes de la represión (políticos, burócratas, policías, soldados) también son formados en las escuelas, en donde aprenden a saber mandar y a hacerse obedecer inmediatamente, aprenden la retórica y la demagogia. Finalmente, los futuros profesionales de la ideología (sacerdotes, intelectuales, teóricos, etc.,) internalizan en el sistema escolar la ideología dominante que ellos mismos propagarán en el futuro.
De esta forma, se asegura la reproducción de las relaciones de producción, ya que no solamente se preparan a los futuros obreros para el sometimiento ideológico y su sumisión al orden establecido, sino que se forman todos los diferentes estamentos del sistema de explotación. Por supuesto, estos mecanismos están encubiertos y presentan a la escuela como un medio neutral, ajeno a toda lucha de clases, como si en ésta se impartiera una formación universal, independiente de las relaciones de producción. Es cierto que también hay dentro del sistema escolar espacios de resistencia, maestros que imparten una visión crítica del sistema. Estos espacios son sumamente importantes pues reflejan la lucha de clases dentro de los AIE. Sin embargo, estos no son la norma, y no cambian el hecho de que mientras el poder de Estado sea ejercido por las clases dominantes, la escuela, como el principal AIE en la sociedad capitalista, funciona como un medio ideológico para reproducir las relaciones de producción.
Teoría general de la ideología
Hasta ahora el análisis se ha centrado en la reproducción de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción, sin embargo, hemos asumido el concepto de ideología. Pues bien, Althusser nos presenta un esbozo de una teoría general de la ideología, o mejor dicho, una teoría de la ideología en general que nos permite entender cómo funcionan estos aparatos ideológicos de Estado en la conciencia del sujeto. Una vez más, el punto de partida es el análisis marxista clásico.
Si bien es cierto que Marx aborda el tema de la ideología (principalmente en la Ideología Alemana) también es cierto que el análisis marxista no presenta una teoría de la ideología per se, sino que deriva a la ideología de la base económica. Nos dice Marx que “la moral, la religión, la metafísica y cualquier otra ideología y las formas de conciencia que a ellas corresponden pierden... la apariencia de su propia sustantividad, no tienen su propia historia ni su propio desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material y su intercambio material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento.”[2] Para Marx, la ideología es una especie de sistema de ideas, de representaciones deformadas de la realidad social que dominan la conciencia de los grupos sociales, pero que no surgen por sí mismas, sino que resultan de su actividad productiva. La ideología, entonces, no tiene una historia propia. Esto quiere decir que la historia de la ideología no es más que la historia del desarrollo material de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, de las cuales se deriva la ideología. Entonces, de acuerdo al análisis marxista clásico, para entender la ideología no hay que ver a la ideología, pues no hay nada en ella, sino que hay que voltear a ver a la base económica. “En la Ideología Alemana...” nos dice Althusser, “la ideología es concebida como pura ilusión, puro sueño, es decir nada. Toda su realidad está fuera de sí misma.”
Para entender mejor esta nulidad de la ideología en la concepción marxista clásica, Althusser hace un paralelo con la concepción del sueño en los autores anteriores a Freud. Para estos, el sueño era algo así como el resultado puramente imaginario de “residuos diurnos” que aparecían arbitrariamente en los sueños, al azar, sin ninguna significación propia. Así se podría decir que en la concepción marxista clásica, la ideología aparece como residuo de una historia material, una historia del desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, pero como un residuo sin significado ni existencia propia.
Este es el problema a partir del cual, Althusser propone una teoría de la ideología. Para ello, comienza por hacer una distinción entre las ideologías y la ideología en general. Las ideologías son aquellas que pertenecen a momentos históricos y a sociedades específicas. Estas sí tienen una historia propia, que aunque está determinada en última instancia por la lucha de clases, responde a factores históricos. Las particularidades de una ideología religiosa, por ejemplo, pueden ubicar su desarrollo y formación en factores históricos y en previos acontecimientos ideológicos, aunque estos estén determinados en última instancia por el modo de producción.
Ahora bien, la ideología a secas, o la ideología en general no tiene historia, es decir, es ahistórica. Pero esta carencia de historia no es la misma que en la concepción marxista clásica de la ideología. Esto no quiere decir que su historia sea únicamente el residuo de la historia económica, sino más bien que la existencia de la ideología trasciende toda historia. Es pues más adecuado decir que la ideología es “omnihistórica” y no “ahistórica”. Esto es, que está presente en toda la historia. Así como para Freud, el inconsciente es eterno, para Althusser la “forma” en que funciona la ideología es inmutable en el transcurso de la historia. De hecho, nos dice Althusser que “la eternidad del inconsciente está en relación con la eternidad de la ideología en general.”
Una vez hecha esta diferenciación, es posible plantear las tesis de la teoría general de la ideología (que no trata de “las ideologías” necesariamente, sino de la “ideología” en general). La primera tesis concierne al objeto de la ideología.
1. “La ideología es una 'representación' de la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones de existencia.”
En las teorías clásicas, y el pensamiento crítico, es aceptado comúnmente que toda ideología no es una verdad, es decir, que toda ideología es una concepción imaginaria, una deformación. Sin embargo, casi siempre se acepta también que esa concepción imaginaria hace alusión a una realidad, y que basta con interpretarla para llegar a esa realidad, es decir, que la ideología es una transposición de la realidad. Ejemplo de ello es la concepción de Feuerbach de la religión. Para Feuerbach, Dios no es más que una creación del hombre, una creación imaginaria. Sin embargo, esta creación imaginaria alude a una realidad, es decir, a la esencia humana. Entonces, Dios sería una transposición deformada de la esencia humana. Para llegar a entender esa esencia, bastaría con interpretar la concepción de Dios.
Pues bien, para Althusser, lo que está representado en la ideología no son las condiciones reales de existencia, sino la relación entre los individuos y sus condiciones de existencia. Así, no sería la esencia humana la que estuviera representada en el concepto de Dios, sino la relación del sujeto con su esencia, es decir, con su esencia como especie. En otras palabras, lo que ocultaría la ideología de la religión es la concepción imaginaria del sujeto sobre su papel en relación con su condición de ser humano.
Evidentemente la ideología está determinada en última instancia por la relación entre fuerzas productivas y relaciones de producción. Pero desde este punto de vista, lo que se representa en la ideología no son las relaciones de producción, sino la relación entre los sujetos y las relaciones de producción. Lo que se imaginan ellos que son las formas de su relación con la sociedad.
2. “La ideología tiene una existencia material”
La segunda tesis que nos presenta Althusser nos da una visión no idealista de la ideología. Esto es, la creación imaginaria que el sujeto se hace de su relación con sus condiciones de existencia, no existe idealmente, únicamente en su cabeza, sino que sólo existe en tanto que se materializa en actos. La creencia de un individuo depende de la existencia de una serie de ideas en su conciencia. Pero estas ideas no existen así nadamás sueltas, aisladas, arbitrariamente en su cabeza, sino que son parte de un dispositivo conceptual del que el individuo dispone en su conciencia, y este dispositivo conceptual depende de un aparato ideológico, que cuenta con una serie de prácticas reguladas y rituales, que el individuo lleva a cabo para materializar su ideología.
Por ejemplo, cuando alguien cree en Dios, su creencia depende de una estructura lógica de lo que cree, que le hace llevar a cabo una serie de actos, como rezar, ir a la iglesia, hacer penitencia, o cuando menos esperar algo de ese Dios. Así, su idea de Dios existe en sus actos materiales. Pero estos actos materiales no son arbitrarios, sino que están insertos en prácticas reguladas por rituales que dependen de la existencia de un aparato ideológico, en este caso, la religión.
Ahora bien, esto es válido para todos los sujetos, es decir, no sucede sólo en algunos que individuos que estén “ideologizados” como vulgarmente se acusa a algunos grupos sociales, sino que la ideología existe en todos los sujetos. De hecho, todo sujeto dotado de una conciencia (lo cual es pre-requisito para ser sujeto) debe traducir sus ideas en actos, o más bien, en actos que se enmarcan en prácticas reguladas.
Así pues, nos dice Althusser, “la existencia de las ideas de su creencia es material, en tanto esas ideas son actos materiales insertos en prácticas materiales, reguladas por rituales materiales definidos, a su vez, por el aparato ideológico material del que proceden las ideas de ese sujeto.” Entonces, podríamos decir que no hay ideología sino hay práctica, pero también, “no hay práctica sino por y bajo una ideología.”
3. “La ideología interpela a los individuos como sujetos”
Finalmente, el aspecto central de esta teoría concierne precisamente a la categoría de sujeto. En este sentido, “no hay ideología sino por el sujeto y para los sujetos.” El sujeto constituye a toda ideología pero también toda ideología constituye a los sujetos, es decir, tiene como función constituir a los individuos en sujetos. Esto quiere decir que así como no hay ideología sino por el sujeto, también todos los sujetos son ideológicos. El ser humano es un “animal ideológico”. Veamos esto más detalladamente.
Comenzamos por hacer una diferencia entre el individuo y el sujeto. En este sentido, los individuos sólo son eso, individuos, fragmentos atomizados, una individualidad numérica solamente, lo cual no presupone una conciencia de sí mismo ni una existencia como sujeto en la sociedad. Evidentemente esta diferencia es abstracta, en tanto que los individuos no pueden existir sino como sujetos, pero mantengamos la diferencia conceptual para dilucidar el mecanismo en que la ideología constituye a los sujetos.
Ahora bien, la ideología convierte a los individuos en sujetos. Los convierte en sujetos en tanto que los interpela. ¿Qué quiere decir esto? Pongamos un ejemplo. Cuando alguien en la calle dice: “Hey Pedro, ¿cómo estás?” Yo Pedro, me volteo y reconozco que me están hablando a mí. Que soy yo a quien se dirige la voz que habla. En ese sentido me reconozco yo como sujeto. De igual manera, la Religión, los medios de comunicación, las diferentes ideologías, interpelan al individuo y éste al reconocerse en esa interpelación se convierte en sujeto. Por ejemplo, el discurso religioso dice algo así como: “Yo me dirijo a ti, individuo humano llamado Pedro... para decirte que Dios existe y que tú le debes rendir cuentas. Agrega: es Dios quien se dirige a tí por intermedio de mi voz... Dice: he aquí quien eres tú; ¡tú eres Pedro! ¡He aquí cuál es tu origen, has sido creado por Dios por la eternidad, aunque hayas nacido en 1920 después de Juesucristo! ¡He aquí tu lugar en el mundo! ¡He aquí lo que debes hacer! ¡Gracias a lo cual, si observas la 'ley del amor', serás salvado, tú, Pedro, y formarás parte del Cuerpo Glorioso de Cristo!, etcetera.”
Así pues, la religión interpela a los sujetos y éstos se reconocen en esa interpelación. En otro ejemplo, más actual, podríamos decir que los medios masivos de comunicación igualmente interpelan al sujeto. Cuando nuestro Pedro ve una película, un programa de televisión. Lo que sucede es que esa película o ese programa le está hablando directamente a él, y él se está reconociendo en ese programa. Se reconoce en el personaje del programa, en la situación, en la realidad que se le presenta en la película. El mensaje en este caso sería algo así como: Yo me dirijo a tí Pedro para decirte quién eres tú. Tú existes en tanto que consumes, y sólo eres alguien en tanto que consumas lo que yo te digo que consumas. Esta es la forma en que debes vestirte, comportarte, pensar, etc., y este es tu papel en el mundo. Y gracias a que existe este mundo (que te da esta forma de vivir -consumir) eres feliz.
Vemos entonces que la ideología funciona a través de la interpelación a los sujetos. Sin embargo, hay otro elemento en este proceso. Al ser interpelado el sujeto, tiene que haber alguien que lo interpele. Es decir alguien que es quien le está hablando. En el primer caso es claro, se trata de Dios quien le habla a Pedro. Este Dios, para poder interpelar a Pedro, tiene que ser también un sujeto. Pero no es cualquier sujeto. El concepto de Dios en este ejemplo se convierte en el sujeto por excelencia. Althusser lo identifica con la capitalización del termino Sujeto. Así, en el primer ejemplo, vemos que el Sujeto interpela a un sujeto. En esta interpelación entonces, el sujeto se reconoce a sí mismo, pero también reconoce al Sujeto que le habla. Y reconoce al Sujeto no como a cualquiera de los otros sujetos sino como al Sujeto por excelencia, por lo cual, se somete a este Sujeto. Sucede entonces que el sujeto entiende que su sometimiento al Sujeto es “la garantía absoluta de que todo está bien como está y de que, con la condición de que los sujetos reconozcan lo que son y se conduzcan en consecuencia, todo irá bien.”
Volvamos al ejemplo de la película. En este caso el sujeto es también interpelado por el Sujeto. (Esto es valido para todos los casos, en tanto que lo que Althusser trata de describir es el mecanismo por el cual toda ideología convierte a los individuos en sujetos, asegurando así su sumisión). El Sujeto (el Sistema capitalista, la Sociedad actual, etc.,) se deifica de modo que se le presenta al sujeto como algo divino, el Sujeto por excelencia. Es el Sistema quien le habla. Pedro se reconoce como Pedro cuando le habla el Sujeto. Pedro reconoce también a ese Sistema y se somete a él, pues entiende que su sometimiento es la garantía de que él es quien es, de que él es Pedro y existe en una sociedad.
Últimas consideraciones
Es precisamente por esta sumisión del sujeto al Sujeto –la cual le garantiza que todo estará bien– que los sujetos actúan en consecuencia. Es por ello que necesariamente toda ideología se materializa en actos, que a su vez forman parte de prácticas reguladas. Ahora bien, los aparatos ideológicos de Estado, aseguran la reproducción del sistema, en tanto que sostienen la ideología dominante, que hace que los sujetos se reconozcan en esa ideología (aun si es una ideología que pertenece a una clase ajena a ellos) como sujetos. Es decir, se subjetivan en la ideología dominante. Se reconocen como sujetos en la ideología dominante, y materializan ese reconocimiento en las prácticas reguladas por los aparatos ideológicos de Estado.
Por supuesto, aquí son necesarias unas palabras de caución. Lo que se presenta es una teoría general del funcionamiento de la ideología, lo cual no explica las particularidades de las ideologías, las cuales son producto de la lucha de clases. El sometimiento no es total y absoluto –de ser así, no existiría la necesidad de los aparatos represivos de Estado, y no podría haber historia, dado que la historia es el producto de la lucha de clases.
En este sentido, es claro que las ideologías no nacen en los AIE, sino que son el producto de la lucha de clases. Nos dice Althusser que “los AIE no son la realización de la ideología en general, ni tampoco la realización sin conflictos de la ideología de la clase dominante.” Por supuesto, la ideología es también producto de la lucha de clases, por lo que los AIE son a la vez objeto y lugar de la lucha de clases. Entonces, si bien los AIE funcionan con la ideología dominante, también es cierto que las clases explotadas resisten de diferentes formas esa dominación ideológica. Como nos advierte Althusser, “quien dice lucha de clase de la clase dominante dice resistencia, rebelión y lucha de clase de la clase dominada”.
Notas
[1] Todas las citas que no tengan referencia son de L. Althusser, Ideología y Aparatos Ideológicos del Estado.
[2] La Ideología Alemana, de Karl Marx
Todo intento de exposición de la visión althusseriana de “ideología” requiere tomar como punto de partida el marco conceptual que nos da el marxismo para entender mejor el desarrollo de la historia. Según esta concepción, todas las sociedades humanas son el producto de la lucha de clases. Efectivamente, toda formación social histórica resulta de la relación dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Toda formación social, es esencialmente, un modo de producción. En otras palabras, para entender el funcionamiento de una sociedad en un momento histórico determinado, es necesario dirigir la mirada a la forma en que los seres humanos producen socialmente las condiciones de su existencia.
Ahora bien, toda formación social debe, al mismo tiempo que produce, reproducir las condiciones de su producción, es decir, debe asegurar la continuidad de la producción –y de la forma específica de esa producción– a través de las diferentes generaciones. Evidentemente, cuando nos referimos a la necesidad de reproducir las condiciones de producción, obviamos decir que son las clases dominantes quienes están más interesadas en mantener la continuidad del modo de producción. Son los capitalistas, por ejemplo, quienes están más interesados en mantener al capitalismo funcionando a través de las generaciones.
Reproducir las condiciones de producción implica, fundamentalmente, dos aspectos. 1) la reproducción de las fuerzas productivas, y 2) la reproducción de las relaciones de producción existentes. Veamos cada uno de ellos:
La reproducción de las fuerzas productivas
Cuando nos referimos a las fuerzas productivas, nos referimos a las condiciones materiales de la producción (los medios de producción) y a las no materiales, como la tecnología, la investigación científica, etc. Pero también nos referimos a la fuerza de trabajo.
Es evidente que para reproducir los medios de producción (las fábricas, las herramientas, las materias primas, etc.,) se necesitan más fábricas, más herramientas y más materias primas. En el análisis marxista, esto tiene que ver con la diferencia entre la producción de los medios de producción y la producción de los medios de consumo. Sin embargo, para esta exposición, bastará con mencionar que para que la producción pueda seguir en pie, se necesitan producir las herramientas y las máquinas que permiten esa producción, pero que a su vez, necesitan para su producción otras herramientas y otras máquinas, y así sucesivamente, hasta el infinito. De igual forma, para mantener la continuidad de la producción, se necesitan reproducir las condiciones no materiales de la producción, es necesario un esfuerzo constante por mantener las investigaciones tecnológicas, así como el avance de las ciencias, que son condición necesaria para la producción industrial.
Con relación a la fuerza de trabajo, el marxismo nos dice que su reproducción está asegurada en el salario. Es decir, para que una obrera o un obrero pueda venir al día siguiente a su puesto de trabajo, necesita reponer sus energías, necesita comer, necesita descansar, necesita recrearse. El salario que recibe, no es más que el valor suficiente para satisfacer estas necesidades que le permitirán regresar día con día a su puesto de trabajo. Bueno, no sólo esto. El salario también tiene que ser suficiente para reproducir la fuerza de trabajo generacionalmente. Esto significa que tiene que cubrir el mínimo para la manutención de la familia del obrero, y en particular para que éste pueda tener y criar a sus hijos, que son nada menos que los futuros obreros. Aquí habría que hacer un análisis de las condiciones actuales de la reproducción de la fuerza de trabajo, y quizá nos daríamos cuenta de que hoy los salarios, principalmente en el llamado “tercer mundo”, ya no son para la mayoría de la clase trabajadora, ni siquiera suficientes para cubrir estas necesidades básicas. Sin embargo, esto trasciende el presente trabajo.
Ahora bien, Althusser nos dice que esto no es suficiente para reproducir a la fuerza de trabajo. Es decir, que no es suficiente con reproducir materialmente a la fuerza de trabajo. Para reproducir la fuerza de trabajo, es necesario también reproducir 1) su calificación técnica y 2) su sumisión. El primer caso resulta obvio cuando reparamos en la tan compleja división del trabajo que caracteriza al capitalismo. No es suficiente con reproducir la fuerza física del obrero, sino que se necesita reproducir sus capacidades técnicas cada vez más especializadas. Esto se da, fundamentalmente fuera del lugar de trabajo, por ejemplo, en las escuelas técnicas, universidades, etc.
El segundo caso, quizá no resulte tan obvio. Cuando nos dice Althusser que es necesario reproducir la sumisión del obrero, nos está diciendo que se necesita que la clase obrera se someta ideológicamente a un esquema que sea funcional al sistema de producción. Por ejemplo, aún si un obrero tuviera resueltas sus condiciones de existencia física, y fuera calificado técnicamente, si éste no se sometiera a la disciplina de la fábrica, al orden social establecido, entonces no sería funcional para el sistema, y por lo mismo, no podría reproducirse el sistema. Si los obreros no tuvieran un grado de sometimiento ideológico, sino que se rebelaran, entonces, en términos económicos, no se cubriría la necesidad de una fuerza de trabajo, que es una condición necesaria para la producción de valor.
Resumiendo, nos damos cuenta de que para reproducir las fuerzas productivas, es necesario reponer constantemente los medios de producción (máquinas, herramientas, materias primas, etc.,) así como la investigación tecnológica y las ciencias, pero también es necesario reproducir a la fuerza de trabajo en dos aspectos, es decir, en términos del salario que permite reproducirse físicamente a la clase trabajadora, pero también en su calificación por medio de la formación técnica y profesional, y principalmente, en su sometimiento ideológico que permitirá al obrero adaptarse a su papel económico de simple fuerza de trabajo.
El Estado
Antes de examinar cómo se reproducen las relaciones de producción, Althusser nos presenta una visión del Estado que pretende llevar la teoría marxista del Estado más allá de lo descriptivo, e introduce las categorías necesarias para entender más a fondo la reproducción de las relaciones de producción.
El marxismo nos da una visión de la sociedad que podría dividirse fundamentalmente en dos niveles, la infraestructura (base económica) y la superestructura (el Estado jurídico-político y la ideología) –algunos marxistas presentan tres niveles, infraestructura, estructura, y superestructura, pero por lo pronto, bastará con esta concepción que es en la que se basa Althusser.
De acuerdo a la visión clásica, la infraestructura, que es la unidad de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, es la que determina en última instancia a la superestructura. Esto no quiere decir que ello implique una determinación mecánica, lo que negaría toda posibilidad de historia. Por el contrario, existe una “autonomía relativa” de la superestructura con respecto a la base, la cual está determinada por factores históricos, geográficos, etc. Así mismo, la infraestructura también es afectada en cierto nivel por la superestructura, es decir, existe una “reacción” de la superestructura sobre la base. Esto quiere decir que las formas particulares de Estado, o los sistemas jurídico-políticos y la ideología particular de una sociedad, también repercutirán en la composición económica de la sociedad. Por supuesto, la determinación primaria es al revés, pero esta no es absoluta.
Ahora bien, el Estado, que se ubica dentro de la superestructura, es fundamentalmente un Estado de clase –nos dice el marxismo– y su función principal es la de un aparato represivo. En otras palabras, el Estado es utilizado por la clase dominante –o la alianza de clases dominantes– para reprimir a las clases subalternas. Este aparato represivo de Estado se conforma por instituciones como la policía, los tribunales, los sistemas penitenciarios, el ejército, el gobierno, la burocracia, etc.
Sin embargo, Althusser nos previene de confundir entre el poder de Estado y el aparato de Estado. Este es un error muy común en la izquierda. El aparato de Estado son todas las instituciones por medio de las cuales se ejerce el poder de Estado. No obstante, puede haber un cambio en el poder de Estado sin que esto implique una modificación en el aparato de Estado. La lucha de clases, de acuerdo a la concepción marxista clásica, concierne al poder de Estado, es decir, es la disputa por ejercer el poder de Estado.
Hasta aquí, Althusser nos presenta la visión más o menos clásica del marxismo con respecto al Estado. Sin embargo, para él, ésta no es suficiente, o mejor dicho, esta visión implica otro aspecto que no está necesariamente explícito en la teoría clásica. Para Althusser no basta con distinguir entre poder de Estado y aparato de Estado, sino que se necesita identificar también “otra realidad que se manifiesta junto al aparato (represivo) de Estado, pero que no se confunde con él,”[1] es decir, “los aparatos ideológicos de Estado” (AIE). Estos son, por ejemplo, el aparato religioso, escolar, familiar, jurídico, político, sindical, de información, cultural, etc.
De esta forma, Althusser nos presenta un Estado cuya función no es únicamente la de reprimir, sino la de crear un sometimiento ideológico de las clases dominadas a las clases dominantes. La función de represión se lleva a cabo a través del aparato represivo de Estado que es, según Althusser, un aparato fundamentalmente unificado. Esto quiere decir que funciona a través de una estructura centralizada y más o menos coherente. Por ejemplo, si bien es cierto que existen diferentes instituciones represivas como las policías, el ejército, los tribunales, etc., todas estas instituciones funcionan dentro de un esquema de estructura orgánica de Estado, es decir, son parte de un aparato coherente de Estado. Esto quizá habría que analizarlo a la luz de la realidad actual, y evaluar qué tanto los aparatos de Estado actuales están unificados, pues si tomamos en cuenta las diferentes pugnas inter-burguesas, así como las contradicciones de los narco-estados y las pugnas dentro del aparato mismo, pudiera parecer que en realidad no está tan unificado el aparato (represivo) de Estado en la práctica. Esto se podría abordar en un análisis empírico de las actuales evoluciones del Estado, sin embargo, por ahora nos limitamos a la visión formal y jurídica del aparato de Estado, que sí tiene que tener forzosamente un grado de unificación, y que es la que Althusser contrapone a los aparatos ideológicos del Estado. Éstos, por su parte, son una pluralidad de aparatos y no constituyen un sólo aparato unificado. Por ejemplo la iglesia, formalmente, no tiene que ver con el aparato educativo (en un estado laico) o con los medios de comunicación, o con el sindical. Cada uno de estos AIE tiene una independencia. Es por esto que Althusser habla de los aparatos ideológicos y no del aparato ideológico.
Ahora bien, el hecho de que los aparatos ideológicos de estado sean una pluralidad, no significa que no haya un elemento de unidad en ellos, algo que les de coherencia, algo que los unifique. De hecho, para que estos aparatos ideológicos puedan llamarse de Estado necesitan una cierta unidad que sea compatible con la unidad del Estado. De otra forma, no podrían llamarse parte del aparato de Estado. Este elemento de unidad no es su constitución orgánica, ni sus vínculos estructurales, sino que es precisamente la ideología con la que funcionan. Esta ideología es lo que es común a todos los AIE. Cada uno de los AIE funciona bajo la lógica de una misma ideología, y esta ideología no es más que la ideología de las clases dominantes. Es por esto que podemos decir también que las clases dominantes ejercen el poder del Estado a través del control del aparato (represivo) de Estado, pero también, tienen el control (aunque no necesariamente directo o formal) de los aparatos ideológicos de Estado, en tanto que estos funcionan bajo la lógica de la ideología dominante.
En algún momento podría parecer que los AIE no son necesariamente parte del Estado, puesto que estos están fundamentalmente en el dominio privado, a diferencia del aparato represivo de Estado que es casi por definición parte del dominio público. Por ejemplo, las instituciones gubernamentales son públicas, mientras que la familia es por excelencia un dominio privado, lo mismo que con la cultura y la religión. Esto nos haría incluso cuestionar el hecho de llamar a los AIE aparatos de Estado. ¿Cómo puede ser la familia un aparato de Estado? ¿Cómo pueden ser los sindicatos parte del aparato de Estado? Dejando de lado las particularidades de un Estado corporativista como en el caso de México, podemos decir que los AIE son aparatos de Estado en tanto que el elemento unificador es precisamente la ideología de las clases dominantes que son las que ejercen el poder de Estado. Es por esto que Althusser los categoriza no sólo como aparatos de Estado, sino como aparatos ideológicos de Estado, que no implica un aparato formal y orgánicamente vinculado a la totalidad del Estado.
Con este razonamiento, podríamos incluso decir que ni el aparato represivo de Estado pertenece exclusivamente al dominio público, ni los AIE pertenecen al dominio privado. Nos dice Althusser que “la distinción entre lo público y lo privado es una distinción interna del derecho burgués, válida en los dominios (subordinados) donde el derecho burgués ejerce sus 'poderes.' No alcanza el dominio del Estado, pues éste está 'más allá' del Derecho.” Así pues, la represión del Estado se da tanto en el dominio público como en el privado. La represión del Estado se da a nivel social, gremial, comunal, pero también a nivel familiar, incluso individual. Baste con mencionar el caso de la criminalización del aborto o el trabajo sexual, para ejemplificar esta represión de Estado que va más allá del ámbito de lo público. Es quizá más evidente cómo los aparatos ideológicos de Estado penetran tanto a nivel privado como a nivel público. Si bien la educación y la religión, por ejemplo, tienen que ver con el desarrollo de las conciencias privadas, e individuales, también es cierto que éstas informan y condicionan las prácticas políticas.
Sin embargo, la diferencia fundamental entre los AIE y el aparato represivo de Estado, nos dice Althusser, está en que los AIE “funcionan masivamente con la ideología como forma predominante, pero utilizan secundariamente y en situaciones límite, una represión muy atenuada, disimulada, es decir, simbólica” mientras que el aparato represivo de Estado “funciona masivamente con la represión (incluso física), como forma predominante y sólo secundariamente con la ideología”. Esto quiere decir que tanto loas AIE como el aparato represivo de Estado funcionan con una combinación de ideología y represión, pero en los primeros predomina la ideología y en los segundos la represión. Así, vemos que la escuela es el principal punto en donde se reproduce la ideología, se reproducen las concepciones burguesas de propiedad privada, de moral, de disciplina, de civilismo, etc., pero también se utilizan hasta cierto grado medidas represivas, que fuerzan a los estudiantes a acatar una serie de normas, incluso físicas, como el permanecer en un salón por un periodo determinado de tiempo, llegar a una misma hora, etc. Lo mismo sucede con la familia, por ejemplo, en donde se reproduce la ideología, pero también se utilizan medidas represivas para castigar a los hijos o disciplinarlos mejor.
Podemos ver entonces que las clases dominantes ejercen el poder de Estado no sólo por disponer del aparato de Estado sino también en la medida en que participan de forma activa en la ideología dominante. Nos dice Althusser que “ninguna clase puede tener en sus manos el poder de Estado en forma duradera sin ejercer al mismo tiempo su hegemonía sobre y en los aparatos ideológicos de Estado”. Por lo mismo los AIE son no sólo objeto, sino tambien lugar de lucha de clases. Es decir, el objetivo de las luchas de clases no es únicamente tomar el poder de Estado controlando al aparato de Estado, sino también ejerciendo una fuerte influencia en la ideología. En efecto, la lucha de clases misma se libra en el ámbito de la ideología. Es decir, la lucha de clases se da también en el sistema educativo, en la cultura, en la familia, en la religión, en los medios de información, etc.
La reproducción de las relaciones de producción
Ahora regresemos al tema de la reproducción. Hasta ahora vimos la reproducción de las fuerzas productivas, y después de haber presentado el análisis althusseriano del Estado, podemos también exponer los mecanismos de reproducción de las relaciones de producción. Esto no es muy complicado, fundamentalmente, nos dice Althusser, la reproducción de las relaciones de producción está asegurada en parte por la superestructura (jurídico-política e ideológica), es decir por el ejercicio del poder del Estado a través de 1) el aparato represivo de Estado y 2) los aparatos ideológicos de Estado.
Los aparatos represivos de estado tienen como objetivo “asegurar por la fuerza (sea o no física) las condiciones políticas de reproducción de las relaciones de producción que son en última instancia relaciones de explotación”. Así, las policías se encargan de romper huelgas, de reprimir manifestaciones de disidencia, así como también de asegurar la propiedad privada y que se cumplan las normas y leyes alrededor de ésta. El ejército por su parte está encargado de exterminar todo brote de rebelión o insurgencia, así como cualquier amenaza al orden establecido, al sistema de explotación. Por su parte los tribunales, así como todo el aparato gubernamental están encargados también de hacer prevalecer el sistema político y jurídico que permite la acumulación del capital.
Los aparatos ideológicos de Estado, a su vez, tienen como objetivo mantener la armonía del Estado. Es decir, no sería suficiente con la función represiva del Estado para mantener las relaciones de producción, pues esto únicamente engendraría un mayor descontento y una creciente rebeldía que derivaría en un estado permanente de tensión y conflicto, que imposibilitaría la reproducción de las relaciones de producción. Por ello, los AIE se encargan de promover la ideología que sostiene en el poder a las clases dominantes. Por ejemplo, se encargan de que las clases trabajadoras tengan como objetivo único en la vida, el conseguir un buen trabajo, tener bienes de consumo, etc., así como de propagar el respeto a la propiedad privada, el sometimiento a las estructuras políticas, etc. Los AIE también se encargan de hacer una apoteosis del derecho y las leyes, de modo que las clases trabajadoras obedezcan casi religiosamente a las leyes, sin detenerse a cuestionar el origen mismo de clase de esas leyes.
En el periodo histórico precapitalista, el principal AIE era la iglesia, que ejercía también funciones educativas, y culturales, entre otras que tienen que ver con el sometimiento ideológico de las clases explotadas. Es precisamente contra este aparato ideológico de Estado que las revoluciones burguesas dirigieron sus ataques para poder imponer una nueva hegemonía ideológica. Nos dice Althusser que “la revolución francesa tuvo ante todo por objetivo y resultado no sólo trasladar el poder de Estado de la aristocracia feudal a la burguesía capitalista-comercial, romper parcialmente el antiguo aparato represivo de Estado y reemplazarlo por uno nuevo (el ejército nacional popular, por ejemplo), sino también atacar el aparato ideológico de Estado no. 1, la iglesia. De allí la constitución civil del clero, la confiscación de los bienes de la iglesia y la creación de nuevos aparatos ideológicos de Estado para reemplazar el aparato ideológico de Estado religioso en su rol dominante.” La iglesia entonces, fue reemplazada como AIE dominante por el aparato ideológico escolar. En el capitalismo, según Althusser, es el sistema escolar el que toma este papel dominante. “La pareja escuela-familia ha reemplazado a la pareja Iglesia-familia.” (Aquí cabría también analizar el papel creciente de los medios masivos de comunicación como aparatos ideológicos, pues quizá hoy sería más adecuado hablar de la triada escuela-familia-medios masivos de comunicación. Pero por ahora, limitémonos al terreno de lo exegético).
Evidentemente todos los AIE estan orientados hacia la reproducción de las relaciones de producción, es decir, a la continuidad del orden establecido. Por ejemplo, el aparato ideológico político propaga la ideología política, el democratismo, el parlamentarismo, para dar una imagen de inclusión política a las clases explotadas. El aparato cultural se encarga de crear esta idea de nacionalismo, chovinismo, moralismo, etc., universalizando la visión burguesa del mundo. Por ejemplo, las telenovelas más populares presentan las vicisitudes de las relaciones sociales burguesas, que contrastan diametralmente con la realidad material de la mayoría de las masas explotadas. El aparato ideológico de información (los medios masivos de comunicación, prensa escrita, radio, etc.,) se encarga de borrar del imaginario social todos los hechos que amenazan con subvertir el orden, así como de interpretar las noticias desde el punto de vista burgués. Crean la agenda de lo que es importante y lo que no, manufacturan la opinión pública. Los medios masivos de comunicación, por ejemplo, han logrado hacer creer a las masas explotadas que el tema de la “seguridad” y la lucha contra la “delincuencia organizada” es el tema más importante actualmente, cuando en realidad esto es sólo una manera de justificar ideológicamente el endurecimiento del aparato represivo de Estado, a la luz de la creciente rebelión popular.
En fin, todos los AIE tienen como último objetivo mantener y perpetuar las condiciones de explotación. Sin embargo, para Althusser, la escuela se ha convertido en el aparato ideológico de Estado predominante. Esto no es tan difícil de entender cuando reparamos en que es el único aparato que tiene una audiencia obligatoria, cinco o seis días a la semana durante casi ocho horas diarias. ¡Y esto durante los principales años formativos del ser humano! Normalmente comienza la educación escolar formal a los 5 o 6 años de edad.
La escuela enseña fundamentalmente dos cosas, 1) habilidades y 2) la ideología dominante en su estado puro. En el primer caso, las habilidades que se enseñan, como el idioma, el cálculo, las ciencias naturales, etc., también están permeadas por la ideología dominante, en el sentido de que el objetivo de estas habilidades es dar a los futuros obreros la capacidad de desempeñarse en sus puestos de trabajo. En el segundo caso, la ideología en su estado puro se enseña en las escuelas, a través de la enseñanza de la moral, la filosofía, la instrucción cívica, etc.
Ahora bien, esto es cierto, no solamente para los futuros obreros, sino para todos los miembros de la sociedad que tendrán un papel en las relaciones de producción, ya sea del lado de los explotados o de los explotadores. Veamos. Los futuros obreros, (que cada vez más son futuros obreros semidesocupados), adquieren en la escuela –además de las habilidades necesarias para su actividad productiva– la “conciencia profesional” el “nacionalismo” la conciencia “moral” y “cívica” y fundamentalmente la conciencia “apolítica”. Mientras que los futuros agentes de la explotación (capitalistas, empresarios) son entrenados en la escuela para mandar, para saber manejar las “relaciones humanas”, etc. Los agentes de la represión (políticos, burócratas, policías, soldados) también son formados en las escuelas, en donde aprenden a saber mandar y a hacerse obedecer inmediatamente, aprenden la retórica y la demagogia. Finalmente, los futuros profesionales de la ideología (sacerdotes, intelectuales, teóricos, etc.,) internalizan en el sistema escolar la ideología dominante que ellos mismos propagarán en el futuro.
De esta forma, se asegura la reproducción de las relaciones de producción, ya que no solamente se preparan a los futuros obreros para el sometimiento ideológico y su sumisión al orden establecido, sino que se forman todos los diferentes estamentos del sistema de explotación. Por supuesto, estos mecanismos están encubiertos y presentan a la escuela como un medio neutral, ajeno a toda lucha de clases, como si en ésta se impartiera una formación universal, independiente de las relaciones de producción. Es cierto que también hay dentro del sistema escolar espacios de resistencia, maestros que imparten una visión crítica del sistema. Estos espacios son sumamente importantes pues reflejan la lucha de clases dentro de los AIE. Sin embargo, estos no son la norma, y no cambian el hecho de que mientras el poder de Estado sea ejercido por las clases dominantes, la escuela, como el principal AIE en la sociedad capitalista, funciona como un medio ideológico para reproducir las relaciones de producción.
Teoría general de la ideología
Hasta ahora el análisis se ha centrado en la reproducción de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción, sin embargo, hemos asumido el concepto de ideología. Pues bien, Althusser nos presenta un esbozo de una teoría general de la ideología, o mejor dicho, una teoría de la ideología en general que nos permite entender cómo funcionan estos aparatos ideológicos de Estado en la conciencia del sujeto. Una vez más, el punto de partida es el análisis marxista clásico.
Si bien es cierto que Marx aborda el tema de la ideología (principalmente en la Ideología Alemana) también es cierto que el análisis marxista no presenta una teoría de la ideología per se, sino que deriva a la ideología de la base económica. Nos dice Marx que “la moral, la religión, la metafísica y cualquier otra ideología y las formas de conciencia que a ellas corresponden pierden... la apariencia de su propia sustantividad, no tienen su propia historia ni su propio desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material y su intercambio material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento.”[2] Para Marx, la ideología es una especie de sistema de ideas, de representaciones deformadas de la realidad social que dominan la conciencia de los grupos sociales, pero que no surgen por sí mismas, sino que resultan de su actividad productiva. La ideología, entonces, no tiene una historia propia. Esto quiere decir que la historia de la ideología no es más que la historia del desarrollo material de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, de las cuales se deriva la ideología. Entonces, de acuerdo al análisis marxista clásico, para entender la ideología no hay que ver a la ideología, pues no hay nada en ella, sino que hay que voltear a ver a la base económica. “En la Ideología Alemana...” nos dice Althusser, “la ideología es concebida como pura ilusión, puro sueño, es decir nada. Toda su realidad está fuera de sí misma.”
Para entender mejor esta nulidad de la ideología en la concepción marxista clásica, Althusser hace un paralelo con la concepción del sueño en los autores anteriores a Freud. Para estos, el sueño era algo así como el resultado puramente imaginario de “residuos diurnos” que aparecían arbitrariamente en los sueños, al azar, sin ninguna significación propia. Así se podría decir que en la concepción marxista clásica, la ideología aparece como residuo de una historia material, una historia del desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, pero como un residuo sin significado ni existencia propia.
Este es el problema a partir del cual, Althusser propone una teoría de la ideología. Para ello, comienza por hacer una distinción entre las ideologías y la ideología en general. Las ideologías son aquellas que pertenecen a momentos históricos y a sociedades específicas. Estas sí tienen una historia propia, que aunque está determinada en última instancia por la lucha de clases, responde a factores históricos. Las particularidades de una ideología religiosa, por ejemplo, pueden ubicar su desarrollo y formación en factores históricos y en previos acontecimientos ideológicos, aunque estos estén determinados en última instancia por el modo de producción.
Ahora bien, la ideología a secas, o la ideología en general no tiene historia, es decir, es ahistórica. Pero esta carencia de historia no es la misma que en la concepción marxista clásica de la ideología. Esto no quiere decir que su historia sea únicamente el residuo de la historia económica, sino más bien que la existencia de la ideología trasciende toda historia. Es pues más adecuado decir que la ideología es “omnihistórica” y no “ahistórica”. Esto es, que está presente en toda la historia. Así como para Freud, el inconsciente es eterno, para Althusser la “forma” en que funciona la ideología es inmutable en el transcurso de la historia. De hecho, nos dice Althusser que “la eternidad del inconsciente está en relación con la eternidad de la ideología en general.”
Una vez hecha esta diferenciación, es posible plantear las tesis de la teoría general de la ideología (que no trata de “las ideologías” necesariamente, sino de la “ideología” en general). La primera tesis concierne al objeto de la ideología.
1. “La ideología es una 'representación' de la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones de existencia.”
En las teorías clásicas, y el pensamiento crítico, es aceptado comúnmente que toda ideología no es una verdad, es decir, que toda ideología es una concepción imaginaria, una deformación. Sin embargo, casi siempre se acepta también que esa concepción imaginaria hace alusión a una realidad, y que basta con interpretarla para llegar a esa realidad, es decir, que la ideología es una transposición de la realidad. Ejemplo de ello es la concepción de Feuerbach de la religión. Para Feuerbach, Dios no es más que una creación del hombre, una creación imaginaria. Sin embargo, esta creación imaginaria alude a una realidad, es decir, a la esencia humana. Entonces, Dios sería una transposición deformada de la esencia humana. Para llegar a entender esa esencia, bastaría con interpretar la concepción de Dios.
Pues bien, para Althusser, lo que está representado en la ideología no son las condiciones reales de existencia, sino la relación entre los individuos y sus condiciones de existencia. Así, no sería la esencia humana la que estuviera representada en el concepto de Dios, sino la relación del sujeto con su esencia, es decir, con su esencia como especie. En otras palabras, lo que ocultaría la ideología de la religión es la concepción imaginaria del sujeto sobre su papel en relación con su condición de ser humano.
Evidentemente la ideología está determinada en última instancia por la relación entre fuerzas productivas y relaciones de producción. Pero desde este punto de vista, lo que se representa en la ideología no son las relaciones de producción, sino la relación entre los sujetos y las relaciones de producción. Lo que se imaginan ellos que son las formas de su relación con la sociedad.
2. “La ideología tiene una existencia material”
La segunda tesis que nos presenta Althusser nos da una visión no idealista de la ideología. Esto es, la creación imaginaria que el sujeto se hace de su relación con sus condiciones de existencia, no existe idealmente, únicamente en su cabeza, sino que sólo existe en tanto que se materializa en actos. La creencia de un individuo depende de la existencia de una serie de ideas en su conciencia. Pero estas ideas no existen así nadamás sueltas, aisladas, arbitrariamente en su cabeza, sino que son parte de un dispositivo conceptual del que el individuo dispone en su conciencia, y este dispositivo conceptual depende de un aparato ideológico, que cuenta con una serie de prácticas reguladas y rituales, que el individuo lleva a cabo para materializar su ideología.
Por ejemplo, cuando alguien cree en Dios, su creencia depende de una estructura lógica de lo que cree, que le hace llevar a cabo una serie de actos, como rezar, ir a la iglesia, hacer penitencia, o cuando menos esperar algo de ese Dios. Así, su idea de Dios existe en sus actos materiales. Pero estos actos materiales no son arbitrarios, sino que están insertos en prácticas reguladas por rituales que dependen de la existencia de un aparato ideológico, en este caso, la religión.
Ahora bien, esto es válido para todos los sujetos, es decir, no sucede sólo en algunos que individuos que estén “ideologizados” como vulgarmente se acusa a algunos grupos sociales, sino que la ideología existe en todos los sujetos. De hecho, todo sujeto dotado de una conciencia (lo cual es pre-requisito para ser sujeto) debe traducir sus ideas en actos, o más bien, en actos que se enmarcan en prácticas reguladas.
Así pues, nos dice Althusser, “la existencia de las ideas de su creencia es material, en tanto esas ideas son actos materiales insertos en prácticas materiales, reguladas por rituales materiales definidos, a su vez, por el aparato ideológico material del que proceden las ideas de ese sujeto.” Entonces, podríamos decir que no hay ideología sino hay práctica, pero también, “no hay práctica sino por y bajo una ideología.”
3. “La ideología interpela a los individuos como sujetos”
Finalmente, el aspecto central de esta teoría concierne precisamente a la categoría de sujeto. En este sentido, “no hay ideología sino por el sujeto y para los sujetos.” El sujeto constituye a toda ideología pero también toda ideología constituye a los sujetos, es decir, tiene como función constituir a los individuos en sujetos. Esto quiere decir que así como no hay ideología sino por el sujeto, también todos los sujetos son ideológicos. El ser humano es un “animal ideológico”. Veamos esto más detalladamente.
Comenzamos por hacer una diferencia entre el individuo y el sujeto. En este sentido, los individuos sólo son eso, individuos, fragmentos atomizados, una individualidad numérica solamente, lo cual no presupone una conciencia de sí mismo ni una existencia como sujeto en la sociedad. Evidentemente esta diferencia es abstracta, en tanto que los individuos no pueden existir sino como sujetos, pero mantengamos la diferencia conceptual para dilucidar el mecanismo en que la ideología constituye a los sujetos.
Ahora bien, la ideología convierte a los individuos en sujetos. Los convierte en sujetos en tanto que los interpela. ¿Qué quiere decir esto? Pongamos un ejemplo. Cuando alguien en la calle dice: “Hey Pedro, ¿cómo estás?” Yo Pedro, me volteo y reconozco que me están hablando a mí. Que soy yo a quien se dirige la voz que habla. En ese sentido me reconozco yo como sujeto. De igual manera, la Religión, los medios de comunicación, las diferentes ideologías, interpelan al individuo y éste al reconocerse en esa interpelación se convierte en sujeto. Por ejemplo, el discurso religioso dice algo así como: “Yo me dirijo a ti, individuo humano llamado Pedro... para decirte que Dios existe y que tú le debes rendir cuentas. Agrega: es Dios quien se dirige a tí por intermedio de mi voz... Dice: he aquí quien eres tú; ¡tú eres Pedro! ¡He aquí cuál es tu origen, has sido creado por Dios por la eternidad, aunque hayas nacido en 1920 después de Juesucristo! ¡He aquí tu lugar en el mundo! ¡He aquí lo que debes hacer! ¡Gracias a lo cual, si observas la 'ley del amor', serás salvado, tú, Pedro, y formarás parte del Cuerpo Glorioso de Cristo!, etcetera.”
Así pues, la religión interpela a los sujetos y éstos se reconocen en esa interpelación. En otro ejemplo, más actual, podríamos decir que los medios masivos de comunicación igualmente interpelan al sujeto. Cuando nuestro Pedro ve una película, un programa de televisión. Lo que sucede es que esa película o ese programa le está hablando directamente a él, y él se está reconociendo en ese programa. Se reconoce en el personaje del programa, en la situación, en la realidad que se le presenta en la película. El mensaje en este caso sería algo así como: Yo me dirijo a tí Pedro para decirte quién eres tú. Tú existes en tanto que consumes, y sólo eres alguien en tanto que consumas lo que yo te digo que consumas. Esta es la forma en que debes vestirte, comportarte, pensar, etc., y este es tu papel en el mundo. Y gracias a que existe este mundo (que te da esta forma de vivir -consumir) eres feliz.
Vemos entonces que la ideología funciona a través de la interpelación a los sujetos. Sin embargo, hay otro elemento en este proceso. Al ser interpelado el sujeto, tiene que haber alguien que lo interpele. Es decir alguien que es quien le está hablando. En el primer caso es claro, se trata de Dios quien le habla a Pedro. Este Dios, para poder interpelar a Pedro, tiene que ser también un sujeto. Pero no es cualquier sujeto. El concepto de Dios en este ejemplo se convierte en el sujeto por excelencia. Althusser lo identifica con la capitalización del termino Sujeto. Así, en el primer ejemplo, vemos que el Sujeto interpela a un sujeto. En esta interpelación entonces, el sujeto se reconoce a sí mismo, pero también reconoce al Sujeto que le habla. Y reconoce al Sujeto no como a cualquiera de los otros sujetos sino como al Sujeto por excelencia, por lo cual, se somete a este Sujeto. Sucede entonces que el sujeto entiende que su sometimiento al Sujeto es “la garantía absoluta de que todo está bien como está y de que, con la condición de que los sujetos reconozcan lo que son y se conduzcan en consecuencia, todo irá bien.”
Volvamos al ejemplo de la película. En este caso el sujeto es también interpelado por el Sujeto. (Esto es valido para todos los casos, en tanto que lo que Althusser trata de describir es el mecanismo por el cual toda ideología convierte a los individuos en sujetos, asegurando así su sumisión). El Sujeto (el Sistema capitalista, la Sociedad actual, etc.,) se deifica de modo que se le presenta al sujeto como algo divino, el Sujeto por excelencia. Es el Sistema quien le habla. Pedro se reconoce como Pedro cuando le habla el Sujeto. Pedro reconoce también a ese Sistema y se somete a él, pues entiende que su sometimiento es la garantía de que él es quien es, de que él es Pedro y existe en una sociedad.
Últimas consideraciones
Es precisamente por esta sumisión del sujeto al Sujeto –la cual le garantiza que todo estará bien– que los sujetos actúan en consecuencia. Es por ello que necesariamente toda ideología se materializa en actos, que a su vez forman parte de prácticas reguladas. Ahora bien, los aparatos ideológicos de Estado, aseguran la reproducción del sistema, en tanto que sostienen la ideología dominante, que hace que los sujetos se reconozcan en esa ideología (aun si es una ideología que pertenece a una clase ajena a ellos) como sujetos. Es decir, se subjetivan en la ideología dominante. Se reconocen como sujetos en la ideología dominante, y materializan ese reconocimiento en las prácticas reguladas por los aparatos ideológicos de Estado.
Por supuesto, aquí son necesarias unas palabras de caución. Lo que se presenta es una teoría general del funcionamiento de la ideología, lo cual no explica las particularidades de las ideologías, las cuales son producto de la lucha de clases. El sometimiento no es total y absoluto –de ser así, no existiría la necesidad de los aparatos represivos de Estado, y no podría haber historia, dado que la historia es el producto de la lucha de clases.
En este sentido, es claro que las ideologías no nacen en los AIE, sino que son el producto de la lucha de clases. Nos dice Althusser que “los AIE no son la realización de la ideología en general, ni tampoco la realización sin conflictos de la ideología de la clase dominante.” Por supuesto, la ideología es también producto de la lucha de clases, por lo que los AIE son a la vez objeto y lugar de la lucha de clases. Entonces, si bien los AIE funcionan con la ideología dominante, también es cierto que las clases explotadas resisten de diferentes formas esa dominación ideológica. Como nos advierte Althusser, “quien dice lucha de clase de la clase dominante dice resistencia, rebelión y lucha de clase de la clase dominada”.
Notas
[1] Todas las citas que no tengan referencia son de L. Althusser, Ideología y Aparatos Ideológicos del Estado.
[2] La Ideología Alemana, de Karl Marx
Estado Criminal
A dos años del gobierno impostor de Felipe Calderón, seguimos escuchando a todas las voces oficiales pregonando la famosa lucha contra la delincuencia organizada, la guerra contra el narcotráfico. Todos los aparatos ideológicos de Estado están siendo movilizados para convencernos de que la sociedad mexicana está siendo amenazada por el crimen organizado, y que vivimos en una eterna inseguridad, cuya única solución es la intervención del Estado que lucha por todos los medios en contra de esos grupos mafiosos que hoy nos acosan. Mano dura, nos dicen, penas de muerte para los secuestradores, un cuerpo de policía único, intervención del Ejército en la lucha contra la delincuencia, en fin, todo el poder al Estado para que acabe con la inseguridad.
Dejando a un lado la ya tan probada relación inversa entre represión y seguridad, toda esta campaña mediática oculta un hecho fundamental para confundir al pueblo. Nos presenta una visión de sociedad, en la que el Estado es una entidad ajena a un conflicto entre sociedad y crimen organizado, algo así como un arbitro que tiene como objetivo garantizar la seguridad de la sociedad, y por lo mismo combatir a los grupos criminales. Esta imagen oculta el hecho real de que hoy por hoy el Estado es uno y lo mismo con el crimen organizado. Es decir, quienes tienen el poder de Estado son un grupo de mafiosos que han logrado penetrar todas las dimensiones del aparato de Estado. Sabemos que todo Estado es un Estado de clase, un aparato utilizado por una clase para defender sus intereses. Sin embargo, hoy, el Estado mexicano ha pasado de ser simplemente un Estado de clase a ser un Estado de clase controlado por una mafia, es decir un Estado mafioso, un Estado criminal, un aparato utilizado por la mafia para proteger sus intereses.
Evidentemente la mafia, así como el Estado, no está unificada, sino que permanece fragmentada. Existen diferentes grupos y cárteles que se disputan zonas de influencia, rutas y mercados para la producción de enervantes. Estos diferentes cárteles ya no sólo son protegidos y favorecidos por las diferentes estructuras de Estado, sino que ahora son parte de estas estructuras, lo que ha llevado a que el Estado mismo se convierta en objeto y lugar de la confrontación entre los diferentes cárteles. Las detenciones espectaculares de capos y sicarios del narcotráfico no son más que ajustes de cuentas entre estos diferentes intereses, los cuales han ventilado la colusión entre los más altos funcionarios (como el caso de Genaro García Luna, secretario de seguridad pública, Noe Ramírez Mandujano, extitular de la SIEDO, Fernando Rivera Hernández, director general adjunto de inteligencia de la SIEDO, entre muchos otros) y los cárteles de la droga.
Sin embargo, ya no es sólo el Estado el que está sirviendo al narcotráfico, pues esto supone una diferenciación entre ellos. Por el contrario, como se trata de un Estado mafioso, el funcionamiento es doble. El Estado funciona como mafia y la mafia funciona como Estado. Hoy, los grupos de sicarios del narco, bajo la protección del Ejército Mexicano, están cumpliendo funciones paramilitares contrainsurgentes. Son enviados por los grupos de poder a combatir a los sectores organizados del pueblo. La paramilitarización del narcotráfico es un fenómeno reciente que pone en evidencia la funcionalidad del narcotráfico para el Estado. Hoy es común también que las campañas electorales sean financiadas por el narcotráfico, y no sólo eso, sino que los candidatos mismos son puestos por los diferentes cárteles.
Es claro entonces que la famosa guerra contra el narcotráfico no tiene como objetivo el combatir al narco, sino recomponer las relaciones de fuerza entre los diferentes grupos de la mafia. Ahora bien, esta guerra ha traído como consecuencia la deshumanización de la sociedad, así como la normalización de la violencia. Hoy se pretende justificar y normalizar actos de barbarie como lo es la tortura, el asesinato político, la desaparición forzada, así como la detención ilegal (el arraigo) con el pretexto de la inseguridad, con el pretexto del combate al terrorismo. En realidad, lo que existe es un terrorismo que se ha apropiado de la legitimidad del Estado para asegurarse impunidad, llevar a cabo sus actividades criminales, y combatir a los sectores populares que se defienden. Como en los tiempos más obscuros de las dictaduras latinoamericanas, hoy el pueblo mexicano es víctima de un terrorismo de Estado.
No obstante, el carácter criminal del Estado no se deriva únicamente de su vinculación y colusión con el narcotráfico. La acumulación de capital y el despojo de los bienes y las riquezas del pueblo ha sido la función principal del Estado de clase en la sociedad capitalista. Hoy, estas funciones han adquirido un carácter netamente criminal que se escuda en una superestructura jurídico-política que pretende legitimar el despojo. En plena crisis económica, el Estado lejos de garantizar el bienestar de las clases subalternas, ha actuado como el más vulgar de los ladrones, robándole a los pobres para dárselo a los ricos, es decir, a la mafia que controla el Estado, a ellos mismos. El caso de las afores es muy ilustrativo, en el sentido de que sin dejar ninguna opción a los trabajadores, se les despojó de sus pensiones para beneficiar a los banqueros y a las compañías trasnacionales. Los rescates financieros multimillonarios, como en el caso de Comercial Mexicana, son tan sólo otro ejemplo de cómo el Estado decide regalar el dinero de las reservas (dinero de los trabajadores mexicanos) a los grandes empresarios, con el argumento de que hay que asegurar los activos de estas empresas para no afectar la economía. Más de 11 mil millones de dólares de las reservas mexicanas fueron subastados a compañías como Televisa, TV Azteca, Cemex y Vitro, entre otras, mientras que el salario cada vez vale menos. En otras palabras, en tiempos de crisis, se le quita el dinero a los pobres para dárselo a los ricos.
Vemos pues, que el carácter criminal del Estado es doble; por un lado lleva a cabo un cínico despojo al pueblo mexicano (Afore, PEMEX, ISSTE, ACE, etc.,) y por otro lado se fortalece, armándose hasta los dientes para combatir a quienes resultan despojados, a quienes se organizan para defenderse. Quienes tienen el poder en México no son más que un grupo de criminales que se amparan en la supuesta legitimidad del Estado y ponen a su servicio tanto el aparato represivo de Estado como los aparatos ideológicos de Estado. Sin embargo, esta realidad está ausente en la mayoría de los análisis de la situación actual y los debates en la izquierda. Es necesario entonces que se comience a incorporar esta realidad en la mira crítica del movimiento popular para poder organizarnos más eficazmente, no sólo en la lógica de la lucha en contra del Estado de clase, sino para resistir y hacer frente a los grupos mafiosos que hoy dominan ese Estado de clase, desenmascarando el doble discurso de la supuesta guerra contra la delincuencia organizada, que más bien debiera llamarse guerra de la delincuencia organizada contra el pueblo.
Dejando a un lado la ya tan probada relación inversa entre represión y seguridad, toda esta campaña mediática oculta un hecho fundamental para confundir al pueblo. Nos presenta una visión de sociedad, en la que el Estado es una entidad ajena a un conflicto entre sociedad y crimen organizado, algo así como un arbitro que tiene como objetivo garantizar la seguridad de la sociedad, y por lo mismo combatir a los grupos criminales. Esta imagen oculta el hecho real de que hoy por hoy el Estado es uno y lo mismo con el crimen organizado. Es decir, quienes tienen el poder de Estado son un grupo de mafiosos que han logrado penetrar todas las dimensiones del aparato de Estado. Sabemos que todo Estado es un Estado de clase, un aparato utilizado por una clase para defender sus intereses. Sin embargo, hoy, el Estado mexicano ha pasado de ser simplemente un Estado de clase a ser un Estado de clase controlado por una mafia, es decir un Estado mafioso, un Estado criminal, un aparato utilizado por la mafia para proteger sus intereses.
Evidentemente la mafia, así como el Estado, no está unificada, sino que permanece fragmentada. Existen diferentes grupos y cárteles que se disputan zonas de influencia, rutas y mercados para la producción de enervantes. Estos diferentes cárteles ya no sólo son protegidos y favorecidos por las diferentes estructuras de Estado, sino que ahora son parte de estas estructuras, lo que ha llevado a que el Estado mismo se convierta en objeto y lugar de la confrontación entre los diferentes cárteles. Las detenciones espectaculares de capos y sicarios del narcotráfico no son más que ajustes de cuentas entre estos diferentes intereses, los cuales han ventilado la colusión entre los más altos funcionarios (como el caso de Genaro García Luna, secretario de seguridad pública, Noe Ramírez Mandujano, extitular de la SIEDO, Fernando Rivera Hernández, director general adjunto de inteligencia de la SIEDO, entre muchos otros) y los cárteles de la droga.
Sin embargo, ya no es sólo el Estado el que está sirviendo al narcotráfico, pues esto supone una diferenciación entre ellos. Por el contrario, como se trata de un Estado mafioso, el funcionamiento es doble. El Estado funciona como mafia y la mafia funciona como Estado. Hoy, los grupos de sicarios del narco, bajo la protección del Ejército Mexicano, están cumpliendo funciones paramilitares contrainsurgentes. Son enviados por los grupos de poder a combatir a los sectores organizados del pueblo. La paramilitarización del narcotráfico es un fenómeno reciente que pone en evidencia la funcionalidad del narcotráfico para el Estado. Hoy es común también que las campañas electorales sean financiadas por el narcotráfico, y no sólo eso, sino que los candidatos mismos son puestos por los diferentes cárteles.
Es claro entonces que la famosa guerra contra el narcotráfico no tiene como objetivo el combatir al narco, sino recomponer las relaciones de fuerza entre los diferentes grupos de la mafia. Ahora bien, esta guerra ha traído como consecuencia la deshumanización de la sociedad, así como la normalización de la violencia. Hoy se pretende justificar y normalizar actos de barbarie como lo es la tortura, el asesinato político, la desaparición forzada, así como la detención ilegal (el arraigo) con el pretexto de la inseguridad, con el pretexto del combate al terrorismo. En realidad, lo que existe es un terrorismo que se ha apropiado de la legitimidad del Estado para asegurarse impunidad, llevar a cabo sus actividades criminales, y combatir a los sectores populares que se defienden. Como en los tiempos más obscuros de las dictaduras latinoamericanas, hoy el pueblo mexicano es víctima de un terrorismo de Estado.
No obstante, el carácter criminal del Estado no se deriva únicamente de su vinculación y colusión con el narcotráfico. La acumulación de capital y el despojo de los bienes y las riquezas del pueblo ha sido la función principal del Estado de clase en la sociedad capitalista. Hoy, estas funciones han adquirido un carácter netamente criminal que se escuda en una superestructura jurídico-política que pretende legitimar el despojo. En plena crisis económica, el Estado lejos de garantizar el bienestar de las clases subalternas, ha actuado como el más vulgar de los ladrones, robándole a los pobres para dárselo a los ricos, es decir, a la mafia que controla el Estado, a ellos mismos. El caso de las afores es muy ilustrativo, en el sentido de que sin dejar ninguna opción a los trabajadores, se les despojó de sus pensiones para beneficiar a los banqueros y a las compañías trasnacionales. Los rescates financieros multimillonarios, como en el caso de Comercial Mexicana, son tan sólo otro ejemplo de cómo el Estado decide regalar el dinero de las reservas (dinero de los trabajadores mexicanos) a los grandes empresarios, con el argumento de que hay que asegurar los activos de estas empresas para no afectar la economía. Más de 11 mil millones de dólares de las reservas mexicanas fueron subastados a compañías como Televisa, TV Azteca, Cemex y Vitro, entre otras, mientras que el salario cada vez vale menos. En otras palabras, en tiempos de crisis, se le quita el dinero a los pobres para dárselo a los ricos.
Vemos pues, que el carácter criminal del Estado es doble; por un lado lleva a cabo un cínico despojo al pueblo mexicano (Afore, PEMEX, ISSTE, ACE, etc.,) y por otro lado se fortalece, armándose hasta los dientes para combatir a quienes resultan despojados, a quienes se organizan para defenderse. Quienes tienen el poder en México no son más que un grupo de criminales que se amparan en la supuesta legitimidad del Estado y ponen a su servicio tanto el aparato represivo de Estado como los aparatos ideológicos de Estado. Sin embargo, esta realidad está ausente en la mayoría de los análisis de la situación actual y los debates en la izquierda. Es necesario entonces que se comience a incorporar esta realidad en la mira crítica del movimiento popular para poder organizarnos más eficazmente, no sólo en la lógica de la lucha en contra del Estado de clase, sino para resistir y hacer frente a los grupos mafiosos que hoy dominan ese Estado de clase, desenmascarando el doble discurso de la supuesta guerra contra la delincuencia organizada, que más bien debiera llamarse guerra de la delincuencia organizada contra el pueblo.
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